Compartiré una historia personal porque estoy muy contento. Después de cuatro años de prácticamente vivir en hospitales, mi hija Irma Alejandra ha podido liberarse. Ha sido muy difícil. Ella ha pasado demasiados meses internada por problemas de salud complejos: ha sufrido numerosas cirugías e infecciones gravísimas.

La última vez estuvo ocho meses encerrada en un hospital privado, el Ángeles, muy bien cuidada por médicos competentes. Desde hace bastantes años he podido pagar un seguro de gastos médicos mayores y más o menos la compañía aseguradora ha cumplido, aunque hay pendientes por los que esa empresa tendrá que responder. De esto, por supuesto, no hablaré aquí.

Durante larguísimos cuatro años Irma Alejandra vivió con catéteres en las venas para recibir medicamentos e inclusive alimentación. También se nutre por el estómago. Sus problemas gastrointestinales son muy duros, agravados por males reumáticos severos y complicaciones infecciosas graves.

Después de tantos años, por fin Alejandra ya no tiene el catéter en la vena. Puede caminar…, más o menos: aún está débil. Utiliza silla de ruedas, pero se pone de pie y ya recorre por sí misma distancias cada día más grandes —festejaremos cuando pueda andar sin ayuda y sin fatigarse excesivamente más de 500 metros—.

Salí con ella de viaje. Su hijo mayor, mi primer nieto, por necesidades familiares estudia en el extranjero. Él también ha padecido enfermedades que parecen heredadas de su madre. Supongo que les heredé los males, aunque desgraciadamente no soy el que sufre tantos dolores.

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El hecho es que mi hija y yo viajamos lejos para visitar a mi nieto y pasamos una tarde en la ciudad de Nueva York. Nos acompañó una enfermera profesional, pero quizá pronto dejará de necesitarla.

El joven, ya no es un niño, vive cerca de la megalópolis estadounidense, así que pudimos movilizarnos en coche y llegar al destino a cumplir con una misión: acudir a la ópera.

No soy una persona de cultura: mi nieto desde muy niño me ha pedido que lo lleve a funciones de ópera en el Metropolitan Opera House, y lo he hecho con mucho gusto cada vez que he podido. Ignoro de dónde le salió semejante afición.

Esta vez mi hija quiso acompañarnos. En el Met estaba programada Macbeth, de Giuseppe Verdi, una adaptación operística de la tragedia de William Shakespeare. La disfrutamos.

No soy experto para evaluar la calidad de los cantantes, pero me parece que el barítono Quinn Kelsey, quien interpretó a Macbeth, lo hizo realmente muy bien. Pero lo que más me gustó fue el coro de la patria oprimida, Patria oppressa.

En el canto, el pueblo le dice a su patria que ya no puede llamarla madre porque se ha convertido en un cementerio para sus propios hijos: “¡Patria oprimida! El dulce nombre de madre ya no puedes llevar, ahora que para todos tus hijos te has convertido en una tumba”.

La música es solemne y dolorosa. No es un canto de liberación, sino el lamento de una sociedad destruida por un tirano que la ensangrentó. En la tragedia de Shakespeare, como en la ópera de Verdi, el pueblo escocés sufre bajo un gobernante que ha convertido el asesinato en instrumento de dominación.

En el Macbeth de Shakespeare la aflicción por la Escocia oprimida no es un coro como el que Verdi incorporó a su ópera. Pero el diagnóstico es el mismo. Buscando encontré que, en el acto IV de la tragedia, Macduff y Malcolm conversan sobre el sufrimiento de Escocia bajo la tiranía de Macbeth.

Macduff es un noble escocés que se enfrenta al tirano y finalmente lo mata. Malcolm es hijo del rey Duncan, asesinado por Macbeth, y heredero legítimo del trono. Macduff exclama: “¡Sangra, sangra, pobre patria!”. Y Malcolm responde: “Llora, sangra; y cada nuevo día una herida más se añade a sus heridas”. Shakespeare personificó a la patria como un cuerpo herido por el mal gobierno. Y Verdi pudo expresar maravillosamente ese dolor con música.

La Escocia ensangrentada por Macbeth tiene una conexión muy fuerte con el México ensangrentado por la violencia desatada durante el gobierno de Felipe Calderón. Shakespeare escribió su tragedia hace más de cuatro siglos. Verdi le dio expresión musical en una ópera de hace 179 años.

El drama de Shakespeare podría ser el del México que empezó a desangrarse en 2006, después de la elección presidencial fraudulenta que llevó al poder a Felipe Calderón. Este panista, necesitado de legitimidad, declaró una estúpida guerra contra el narcotráfico que no resolvió el problema de las drogas, sino que lo agravó y además contribuyó a desencadenar la violencia terrible que todavía padecemos.

Calderón terminó su gobierno en 2012, pero la patria siguió sangrando. La violencia se convirtió en una bola de nieve que creció muchísimo durante el sexenio de Enrique Peña Nieto y tuvo que ser enfrentada por Andrés Manuel López Obrador, quien prácticamente debió partir de cero para construir una nueva estructura policiaca nacional.

La patria sigue sangrando, pero ya tenemos una esperanza de alivio.

El lamento de un pueblo que perdió la paz y que ya no reconocía a su patria como madre, sino como tumba de sus hijos, ha comenzado a transformarse en una esperanza de liberación gracias a la Cuarta Transformación. Eso, sinceramente, es lo que pienso.

En el sexenio de López Obrador se sentaron las bases de una nueva estructura de seguridad con la creación de la Guardia Nacional. Y ahora, en el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, la esperanza de vivir en paz empieza a convertirse en una realidad. Ello gracias a una estrategia que está dando resultados importantes por el gran trabajo de las fuerzas armadas y de las instituciones civiles de seguridad.

Sobresaliente lo que ha hecho el general secretario Ricardo Trevilla Trejo. No pudo contener las lágrimas cuando expresó públicamente su dolor por los militares que perdieron la vida en el operativo de febrero de 2026 contra Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho, jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación. También hay que reconocer el trabajo de Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana. Y el del resto de los integrantes del gabinete de seguridad, especialmente la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez.

El equipo de la presidenta Sheinbaum está cumpliendo con la obligación histórica de conseguir que la patria mexicana deje de sangrar. México ha avanzado hacia ese objetivo debido a la estrategia diseñada por la presidenta Claudia Sheinbaum y ejecutada por su gabinete de seguridad.

No afirmo que la violencia haya desaparecido. Sería absurdo decirlo. Seguimos sufriendo las consecuencias de la guerra perdida de Calderón. Pero ya no estamos condenados a aceptar como inevitable aquel México aterrorizado, aquella patria oprimida, la nación ya superada tan parecida a la Escocia descrita por Shakespeare.

En Macbeth, Macduff dice algo todavía más doloroso: “Cada nueva mañana, nuevas viudas aúllan, nuevos huérfanos lloran”. Ninguna imagen más terrible. Las viudas que gritan de dolor. Los niños que lloran porque han perdido a sus padres. Las madres que han visto morir a sus hijos.

Esa patria escocesa ensangrentada ha sido también nuestra patria desde la guerra perdida de Calderón. Pero tengo la convicción de que estamos empezando a dejar atrás la peor pesadilla imaginable. Como Escocia que se liberó del tirano Macbeth, México ha dejado atrás el terror de Calderón.

Pero hay una diferencia fundamental entre la liberación de Escocia, tanto en la obra de Shakespeare como en la ópera de Verdi, y la transformación política de México que estamos experimentando. Escocia se liberó mediante las armas: Macbeth, no lo olvidemos, murió a manos de Macduff. En México, el cambio llegó mediante el acto de votar. La nuestra ha sido una revolución democrática y pacífica única en la historia.

México empezó a desangrarse cuando Felipe Calderón, necesitado de legitimidad después de una elección fraudulenta, lanzó una guerra contra el narcotráfico cuyas consecuencias seguimos padeciendo veinte años después. Pero de esas consecuencias hemos empezado a liberarnos gracias a millones de votos de gente de buena fe.

Shakespeare, si viviera, habría reconocido en el México ensangrentado que dejó Calderón a la Escocia de Macbeth: una patria que llora, que sangra, una nación de madres que pierden a sus hijos, de hombres y mujeres que enviudan, de niños huérfanos.

La 4T recibió una patria que sangraba. Su obligación histórica ha sido lograr que deje de sangrar. Dos gobiernos de izquierda han cumplido. Podemos ya decir, con bases objetivas, que en el gobierno de Sheinbaum estamos en el camino correcto, el que nos llevará a la pacificación total.