Al final, el tiempo puso a cada quien en su lugar.
En 1988 lo insultaron, lo ridiculizaron, lo llamaron loco. Le cerraron el camino a la presidencia en una elección marcada por el fraude. Creyeron que con eso habían acabado con él y con millones de mexicanos que se atrevieron a desafiar al régimen.
Después vinieron años de burlas, desprecio, persecución y violencia contra la izquierda. Nos dijeron que jamás llegaríamos, que estábamos condenados a ser una minoría de inconformes, que nuestros ideales eran una fantasía.
Y miren nada más las vueltas que da la vida.
Aquellos que se creían dueños de México terminaron perdiendo el monopolio del poder. El país que pretendían conservar para siempre cambió. Y el hombre al que quisieron borrar de la historia terminó convertido en una de sus figuras fundamentales.
Cuauhtémoc Cárdenas no necesitó sentarse en la silla presidencial para dejar una huella que muchos de los que sí la ocuparon jamás conseguirán borrar.
Porque hay quienes llegan al poder y pasan a la historia. Y hay quienes cambian la historia sin necesidad de llegar al poder.
Al final, ingeniero, usted ganó algo que sus adversarios nunca pudieron arrebatarle: su lugar en la memoria democrática de México.
Y a quienes lo despreciaron durante tantos años, la historia les reservó una ironía maravillosa: tendrán que recordarlo cada vez que se hable de la democracia que tanto trabajo costó conquistar.
Descanse en paz, ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas.
La historia tiene memoria. Y vaya que sabe ajustar cuentas.


