Cuauhtémoc Cárdenas fue un fundamentalista de la decencia y un demócrata rayano en lo dogmático. Representó una estirpe política que difícilmente encontraría cabida en las urnas de nuestros días, precisamente por encarnar la antítesis del delirio y de ese oxímoron contemporáneo que es la estupidez elevada a virtud política. Hoy pareciera que solamente se vota por locos y pendejos, como si la estridencia fuera sinónimo de liderazgo, la ignorancia una credencial de autenticidad y la vulgaridad una virtud democrática.

Cárdenas democratizó la Revolución mexicana. Tuvo la extraordinaria capacidad de reivindicar sus ideales sociales sin someterlos al autoritarismo del régimen que se proclamaba su heredero. Entendió que la justicia social sin democracia termina por convertirse en una coartada del poder. Fue un referente histórico, político y, sobre todo, moral. Un líder absoluto que jamás hizo del poder una obsesión personal, a diferencia de tantos de sus predecesores y sucesores, a quienes la posibilidad de perderlo les produce una angustia casi patológica.

Su autoridad no provenía del grito, del insulto ni de la necesidad de construir enemigos imaginarios. Provenía de la congruencia. No necesitó proclamarse dueño del pueblo, intérprete exclusivo de su voluntad ni encarnación de la patria. Comprendió algo que buena parte de nuestra clase política parece haber olvidado: que la democracia no consiste solamente en ganar elecciones, sino también en aceptar sus límites, respetar las instituciones y reconocer la legitimidad de quien piensa distinto.

De ahí la ucronía inevitable. ¿Qué habría sido de México si hubiera optado por el progresismo democrático del cardenismo en lugar del populismo personalista del obradorismo? ¿Si la izquierda mexicana hubiera encontrado su destino en la construcción de instituciones y no en la subordinación de estas a la voluntad de un caudillo? ¿Si la decencia hubiera resultado electoralmente más seductora que el resentimiento?

Nunca lo sabremos. Pero acaso esa sea la dimensión más profunda de su legado: recordarnos que México tuvo frente a sí otra manera de entender la izquierda, la justicia social y el ejercicio del poder. Una alternativa que no exigía sacrificar la democracia en nombre del pueblo ni confundir la autoridad moral con la infalibilidad política.

Cuauhtémoc Cárdenas pertenece a esa rara categoría de hombres públicos cuya grandeza no depende de haber alcanzado la presidencia. Su lugar en la historia está asegurado por algo bastante más difícil que conquistar el poder: haber conservado la dignidad frente a él.