El Instituto Nacional Electoral, aquella otrora gran institución mexicana que fue capaz de consolidar la democracia electoral de los años noventa y dos mil, está envuelta en un nuevo escándalo de la mano de su presidenta Guadalupe Taddei. Según un reportaje del periódico Reforma, un hombre de apellido Navarrete, chofer de la funcionaria, sería el apoderado legal de una empresa que ha sido beneficiada por contratos con el INE.

Se trataría, de confirmarse, de un clásico caso de conflicto de interés operado por Taddei. Esta nueva controversia alrededor del INE no ha hecho más que sumar sospechas en torno a la probidad y parcialidad de la institución responsable de garantizar la transparencia de los procesos electorales, de denunciar la probable intervención del crimen organizado, de supervisar que los candidatos no se excedan en sus gastos de campaña, de velar por el “piso parejo” y de sancionar partidos, y en suma, de servir como el baluarte de la paz social mediante el aseguramiento de la legitimidad de los comicios.

Estas nuevas sospechas se han añadido también a las polémicas en torno a la confirmación como consejeros de hombres y mujeres cercanos al obradorismo, incluido el de Arturo Chávez, que, sin ambages, hizo campaña en favor de la candidata Claudia Sheinbaum, amén de las reprobables decisiones del Consejo General en torno a las “papeletas planchadas”, y desde luego, la declaración de la ilegítima mayoría calificada obtenida por Morena y sus aliados en 2024.

Los obradoristas han criticado severamente al expresidente Lorenzo Córdova por su militancia actual en contra de la 4T. Sin embargo, deben reconocer que durante su gestión el INE se mantuvo alejado de controversias legales, y mucho menos, fue acusado jamás de los actos de corrupción de los que hoy son objeto Taddei y sus cercanos. De igual manera, debe recordarse, aunque muchos prefieren olvidarlo, que durante la presidencia de Córdova, Morena obtuvo su registro como partido político y se alzó como ganador incontestado en las elecciones de 2018.

Los tiempos del INE electoral como institución modelo han terminado. Hoy es un espejo de la falta de probidad y legitimidad propias del obradorismo. Las elecciones del año que viene se anticipan como una prueba de la fuerza de un aparato del Estado dominado por una clase política que no está dispuesta a ceder un gramo de poder.