El poder puede parecer absoluto mientras domina la escena, mientras impone narrativa, decide tiempos y ordena el espectáculo. Pero hay un punto en el que ese poder se desgasta, se fragmenta, se tensiona… y entonces deja de ser autónomo. Empieza a depender. Ese es el momento en el que el tirano deja de ser protagonista y se convierte en instrumento. Ese momento ya está aquí. Porque el poder tiránico —desbordado, incontrolado— ya no se sostiene por respaldo social, sino por estructura, por intereses, por operadores, por dinero, por aparato; ya no decide con libertad, reacciona para sostener equilibrios que lo rebasan.
Y ahí aparece la metáfora inevitable: el títere… y los dueños del circo.
El personaje sigue en escena, habla, grita, amenaza, se compara con la historia… y se eleva; ayer equiparándose a lo divino, insinuándose casi como figura providencial, hoy invocando a Lincoln o a Luther King como si la historia fuera vestuario disponible, mañana quién sabe. Pero detrás alguien sostiene la función, no por convicción, por conveniencia. Y eso empieza a notarse en la persecución a medios, en los amagos contra American Broadcasting Company (ABC), en la presión estulta queriendo acallar a voces incómodas como Jimmy Kimmel, en la narrativa que busca callar la risa porque la risa exhibe. En la escalada desde el entorno del poder —incluida la importada primera dama Melania Trump— con amenazas de demandas, castigos y represalias. Y en la voz oficial que normaliza y perfuma todo: la secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, convertida en vocera que echa incienso, maquilla el exceso y presenta la tensión como si fuera orden.
No es fuerza. Es nervio. Es el reflejo de un poder que ya no controla el relato.
Pero el problema no es solo el tirano, es lo que lo rodea. Figuras como el mal llamado secretario de Guerra Pete Hegseth y el vicepresidente J. D. Vance encarnan esa línea dura, radical, aferrada, que no contiene… empuja, no corrige… exacerba, no estabiliza… tensa. No son contrapeso, son acelerador, quizá sean las manos que mecen la cuna y no pararan hasta que el senil que ya casi llega a mentalidad de infante caiga de esa cuna. Y detrás de ellos el aparato que sostiene: el Consejo de Seguridad Nacional, el Pentágono, los operadores políticos, los grandes y alevosos intereses económicos que viven de la tensión permanente. No es conspiración, es estructura de poder. Y cuando el poder tiránico se rodea de quienes viven del conflicto, el conflicto deja de ser problema y se vuelve negocio.
Ahí es donde el circo deja de ser metáfora y se vuelve modelo.
Porque mientras el espectáculo sigue, el fondo se pudre.
La manada de elefantes ya no está en la sala: ocupa toda la casa. Migración fuera de control, fractura política, polarización social, deterioro económico severo, desgaste institucional, fracaso estratégico de la guerra y su enorme costo para Estados Unidos, el desgaste económico de sostener conflictos que no resuelven nada, el descrédito persistente por escándalos como Epstein, y los abusos, muertos y excesos en operativos migratorios. Eso no es narrativa. Es realidad. Y esa realidad pesa cada vez más.
Pero el poder tiránico actúa como si no existiera. O peor: como si pudiera ocultarse.
Ahí entra la caja china: el espectáculo, la distracción, la escena que sustituye al fondo. No resuelve. Encubre. Y cuando hace falta, se activa otra herramienta: la victimización. El tirano se presenta como blanco, como perseguido, como héroe sitiado que “defiende al mundo”. Incluso ahora, con amenazas como el bloqueo total a Irán, se intenta construir control donde hay desgaste. Pero el mundo ya no se ordena por anuncios. Y la gente ya no compra todo.
Porque la percepción cambió.
Amplios sectores no creen el relato, no lo siguen, no lo compran. No necesitan pruebas absolutas, les basta una intuición compartida: algo no cuadra. Las imágenes, los silencios, las contradicciones… todo apunta a lo mismo. Y mientras tanto, en el frente internacional, incluso la escena se le revierte. El encuentro con Charles III dejó algo más que diplomacia: dejó contraste. El tirano lanzó la bravuconada de que sin Estados Unidos los ingleses hoy hablarían alemán, y la réplica —seca, histórica— le regresó el espejo: que sin Inglaterra, Estados Unidos hablaría francés. No fue solo ingenio. Fue memoria. Fue corrección. Y visible.
Y eso pesa.
Porque cuando hasta en el escenario cuidadosamente montado el relato se descompone… ya no hay control.
En ese punto la imagen es brutal: un gato risón que permanece en escena, sonriendo mientras todo se descompone, como si la sonrisa pudiera ocultar el vacío; y al mismo tiempo, un viejo león, obeso, herido, al borde del precipicio, aferrado apenas con una pata a la ladera, con las uñas clavadas en la roca, resistiendo no por fuerza… sino porque aún no cae. Pero ya no avanza. Solo retrasa la caída.
Y ese es el punto de quiebre.
Porque el poder tiránico ya no gobierna, se aferra. Y el poder que se aferra deja de calcular, reacciona; y el poder que reacciona se equivoca; y el poder que se equivoca… cae. No por un golpe, por acumulación, por desgaste, por pérdida de credibilidad, por exceso de sí mismo. Porque el poder tiránico no se derrumba cuando lo atacan, se derrumba cuando deja de sostenerse.
Y eso ya está ocurriendo.
No es un episodio. No es una polémica. Es un proceso. Un poder que perdió el control del relato y ahora intenta controlar a quienes lo cuentan; un poder que perdió el respaldo y ahora intenta sustituirlo con miedo; un poder que perdió la realidad… y ahora intenta reemplazarla con espectáculo.
Pero el espectáculo no gobierna. El miedo no sostiene. La amenaza no legitima.
Y cuando el poder tiránico necesita fabricar enemigos, perseguir voces, disfrazarse de historia e incluso insinuarse como figura casi divina… ya no es poder.
Es inercia.
Y la inercia no salva.
Arrastra.
Y cuando arrastra, no hay titiritero que controle el final.
Porque cuando el público deja de creer en el espectáculo… el circo no se reinventa, se derrumba.
Y esta vez no será una caída administrada.
Será una caída expuesta, abrupta, sin control.
De esas que no se explican después.
Se anuncian antes.
Y esta ya no es advertencia.
Es cuenta regresiva.
Porque cuando el poder tiránico entra en fase terminal, no pregunta si va a caer.
Solo define cuánto ruido hará al caer.
Y como dicen en el pueblo: “Cantada, vale doble”.
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