Todavía no concluyen a satisfacción plena de la sociedad española las investigaciones acerca del accidente ferroviario de enero de este año —en el que murieron 45 personas—, y hoy, miércoles 28 de octubre, hubo un brutal choque de dos trenes de alta velocidad en el que han perdido la vida al menos 50 personas, según los primeros balances periodísticos.

La red ferroviaria de alta velocidad que empezó a construir el gobierno español de Felipe González, a principios de los años noventa del siglo pasado, ha sido uno de los grandes orgullos de la ingeniería y de la infraestructura de aquel país.

Fue una red ferroviaria que creció en forma extraordinaria. Quizá creció más de lo debido, y esto podría haberla vuelto demasiado difícil de controlar.

La red ferroviaria de alta velocidad española había sido, hasta 2026, un símbolo de modernidad, eficiencia y progreso en una nación que todavía en los años setenta del siglo XX vivía en el atraso, producto de la dictadura franquista.

Tristemente, este año ha habido dos terribles accidentes: uno en enero, en el que murieron 45 personas, y el de hoy, ocurrido poco antes de la una de la mañana, hora de México, en el que ya se habla de al menos 50 fallecidos, y podrían ser más.

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¿Cómo pudieron ocurrir dos tragedias de este tamaño en tan poco tiempo en un sistema ferroviario que había sido referencia mundial?

España, ahora mismo, a prácticamente un mes de sus elecciones generales, enfrenta una crisis no solo de seguridad ferroviaria, sino de confianza en sus instituciones.

Dos accidentes catastróficos en diez meses hablan de un sistema absolutamente en crisis. Ya los expertos dirán dónde está el problema: ¿en el mantenimiento?, ¿en la señalización?, ¿en la capacitación de quienes deben dirigir y controlar el tráfico de los trenes?

Por lo pronto, en Adamuz, el 18 de enero, las investigaciones aún no concluidas apuntan a problemas en la infraestructura ferroviaria. Hoy, 28 de octubre, según las primeras informaciones, pudieron haberse concatenado fallas técnicas y humanas.

Estaba descompuesto el sistema automático de seguridad, leí en la prensa española. Y al parecer fallaron los procedimientos alternativos para controlar la circulación de los trenes. Y un operador de tráfico de Atocha, en Madrid, habría autorizado al tren AVE, de la empresa estatal Renfe, a seguir circulando sin advertir que el tren de la empresa privada-pública italiana Iryo estaba detenido. Así que simple y sencillamente se produjo el brutal choque, cuya velocidad exacta deberán determinar las investigaciones.

Quizá España construyó una red demasiado grande para poder mantenerla adecuadamente. A veces se debe tener cuidado con lo que se consume. Cantidades razonables de alimentos se pueden digerir; cantidades mayores, normalmente no.

Lo cierto es que la verdadera grandeza de un sistema ferroviario no está en que sus trenes viajen a 300 kilómetros por hora o en que haya vías de alta velocidad hacia todos los lugares de una nación. A veces esto no es ni financiera ni técnicamente posible con absoluta seguridad para las personas que utilizan el servicio.

Se entiende que se conecten dos ciudades muy importantes como Madrid y Sevilla —corredor donde ocurrió el accidente de hoy—, o Madrid y Barcelona, las dos mayores metrópolis españolas, y desde luego Madrid-Valencia.

Esas tres rutas representarían aproximadamente 1,484 kilómetros de vías. Una red que se puede supervisar adecuadamente. Pero las vías de alta velocidad existentes en España suman alrededor de 4 mil kilómetros. ¿Ha rebasado esa extensión la capacidad técnica, humana y presupuestal del Estado español? Probablemente.

Llevar el tren de alta velocidad a todas partes quizá empieza a generar problemas porque la capacidad de mantenimiento, vigilancia y control podría no haber crecido tanto como las vías.

Dos tragedias en diez meses hablan de algo que se echó a perder.

España merece recuperar la confianza en uno de sus grandes orgullos nacionales, y esa confianza tendrá que reconstruirse con investigaciones serias y transparencia, y no solo con declaraciones oficiales que inevitablemente se van a contaminar en el contexto de una elección general.

Esto ocurre, además, a unos pocos días de la Cumbre Iberoamericana de Madrid, programada para el 4 y 5 de noviembre, que quizá, por el luto, el gobierno de Pedro Sánchez y la Casa Real, encabezada por el rey Felipe VI, deberían considerar cancelar o posponer. Ya vendrán tiempos mejores, dice un tango de 1934.

De qué manera esto afectará las elecciones en marcha se verá, pero desde luego tendrá consecuencias políticas.

Por lo pronto, lo que corresponde es expresar la más profunda solidaridad con España y con las familias de las víctimas de una tragedia que nunca debió ocurrir.