¿Favores de Trump a México? La respuesta sería obligar a las autoridades a cambiar la postura complaciente en materia de seguridad; otros dirían que con Trump, México se vuelve atractivo para invertir por la guerra comercial que promueve contra China y demás países. Los primeros se equivocan; los segundos, algo de razón, pero está por verse cómo evolucionan los acontecimientos en el mundo y en Estados Unidos. De los acontecimientos, hasta hoy, más importantes ha sido obligar al gobierno a redefinir su postura frente a las dictaduras latinoamericanas. México no salió a defender a Maduro, y ahora anuncia como una decisión soberana de Pemex (sic) no enviar petróleo a Cuba.
La ruptura con la estrategia —si así puede calificarse— de los “abrazos, no balazos” antecede al arribo de Trump. De hecho, Claudia Sheinbaum no la siguió durante su gestión en la Ciudad de México. No hubo una conducción por parte de los militares ni tampoco connivencia o permisividad con los narcos, al menos en los términos de López Obrador.
Estados Unidos no le hace ningún favor a México en el combate al crimen; es una amenaza. Otorga beneficios a criminales responsables de muchas muertes en el país a cambio de información. La agenda estadounidense tiene que ver con el fentanilo; en eso hay coincidencia, pero no le importa el problema más grave que hoy existe: la extorsión, salvo que tenga vasos comunicantes con el narcotráfico, como sucede en el contrabando de combustibles. Es una ingenuidad mayor, por decir lo menos, pensar que Trump va a resolver el problema de la inseguridad o impunidad que gozan autoridades asociadas al crimen. A Trump le importa el control, no la justicia, como queda claro en Venezuela.
Sí, es de agradecer a Trump que el patrimonio de todos los mexicanos —el petróleo— no se envíe a un régimen dictatorial; lo hace para acabar con el castrismo, no por México. Pemex no está para regalar petróleo. Además, México no puede sumarse a las dictaduras de la región al amparo de afinidades ideológicas; la deriva autoritaria de México, en materia política, hacia allá conduce; sin embargo, el país no podrá cambiar su régimen económico; la fuerza de la realidad llevará a abandonar el estatismo en materia energética.
Ese es otro de los favores derivados de la presión norteamericana. El obradorismo regresó al régimen estatista en materia energética, con privilegios que dañan al país porque propician la corrupción y frenan la inversión en el sector y en industrias que demandan electricidad, como los centros de datos de inteligencia artificial, una de las oportunidades de inversión para México. Es insostenible el régimen actual, a pesar de los logros de la paraestatal al aumentar la refinación de gasolinas y lograr la casi autosuficiencia en diésel. Urge invertir en exploración; el rezago es monumental y alarmante. Pemex carece de los recursos y la tecnología para emprenderla. Pensar y decidir que puede hacerlo en asociación con el hombre más rico de México es un error monumental, con implicaciones graves propias del capitalismo de cuates, que, además, nunca ha funcionado.
El sometimiento del país a la amenaza que representa Trump es mayor, sobre todo si se compara con la postura de Brasil o Canadá. La dependencia de México no da mucho margen, pero esta realidad es recíproca; es decir, Estados Unidos también depende de México. No estamos en condiciones de indefensión.
Hay que destacar una diferencia no menor que las autoridades bien podrían administrar. Allá existe una democracia que obliga al gobernante a rendir cuentas, particularmente al momento de una nueva elección, como en noviembre próximo, cuando habrá de producirse un severo golpe a Trump, de ocurrir una elección en normalidad. Acá hay impunidad e inmunidad frente a los errores del gobierno; el gobierno puede hacer lo que quiere y no pasa nada, como con la gestión criminal de la pandemia. Sin embargo, sí preocupa al régimen que una dificultad mayor signifique el inicio de la debacle en su pretendido monopolio del poder, el fin de su mundo.
Evidentemente al gobierno, como al anterior, no le preocupa el país ni su soberanía; el sometimiento lo prueba. Su pesadilla es que la confrontación pueda llevar al colapso del obradorismo por una subsecuente crisis económica o que se exhiban los esqueletos en el clóset por la presencia del crimen en la élite política. Favor que nos haría Trump.


