Vicente Fox tardó veinte años en adjudicarse una victoria que los mexicanos decidieron en las urnas. “Hice que ganara Calderón, aunque no es muy democrático decir eso”, le dijo a Juan Luis Cebrián. La frase retrata a un expresidente que todavía se imagina dueño de la sucesión y le regala a Morena una coartada cuando el oficialismo tendría que explicar su relación con Guadalupe Taddei y responder por los contratos del Instituto Nacional Electoral.

El candidato que Fox no quería

Fox debería recordar cómo trató a Felipe Calderón cuando quiso ser candidato. En mayo de 2004, después de que el entonces secretario de Energía hiciera públicas sus aspiraciones en Jalisco, el presidente lo reprendió públicamente. Calderón renunció al gabinete. Santiago Creel siguió en la carrera con el respaldo de sectores cercanos a Los Pinos. Quien hoy presume haber hecho presidente a Calderón difícilmente podía disimular entonces su incomodidad con aquella candidatura.

Con todos sus defectos, el PAN tenía vida propia. Mientras el viejo PRI había convertido el dedazo presidencial en método de sucesión, Acción Nacional abrió su elección interna de 2005 a militantes y adherentes. Organizó tres jornadas regionales en las que compitieron Calderón, Creel y Alberto Cárdenas. Hubo reglas públicas, votos contados y resultados conocidos. Calderón ganó. Fox podía tener favorito y ejercer presión, pero los electores panistas tenían margen para contrariarlo. Y lo hicieron.

El IFE no estaba a sus órdenes

La elección de 2006 la organizó el IFE, un organismo autónomo con un Consejo General de conducción ciudadana. Fox carecía de atribuciones para dirigirlo, ordenar el cómputo o declarar al ganador. Sí intervino en el debate público, y el Tribunal Electoral consideró que sus declaraciones pusieron en riesgo la validez de la elección. También concluyó que su efecto no fue determinante y validó el resultado: una diferencia de 233 mil 831 votos.

El IFE era una de las instituciones más respetadas de México y un referente internacional. Su padrón electoral con fotografía, su capacidad organizativa y la capacitación ciudadana le habían valido reconocimiento y participación en proyectos de asistencia electoral en otros países. Esa capacidad institucional no pertenecía al presidente en turno.

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De Los Pinos al entorno de Taddei

A Fox también parece habérsele olvidado quién despachaba en su oficina. Alfonso Durazo fue su secretario particular y vocero hasta julio de 2004, cuando renunció y cuestionó la posible candidatura presidencial de Marta Sahagún. Dos décadas después, como gobernador morenista de Sonora, nombró secretario particular de su gobierno a Luis Rogelio Piñeda Taddei, hijo de quien entonces presidía el INE.

El nombramiento muestra una cercanía política que merece escrutinio cuando está en juego la independencia del árbitro. Por sí solo no acredita irregularidades: las responsabilidades se establecen revisando expedientes, decisiones y firmas.

Taddei llegó a la presidencia del INE en 2023 mediante una insaculación en la Cámara de Diputados, confirmada por el Tribunal Electoral. La legalidad del sorteo no cancela la discusión sobre quiénes integraron la lista final y qué garantías de independencia ofrecían. Ahora que renunció entre señalamientos por presuntas irregularidades en la contratación de papelería electoral, a Morena le conviene presentar el escándalo como una herencia que otros deben explicar.

Mirar a 1999 para no responder por 2026

Claudia Sheinbaum sostuvo que la presunta corrupción en las contrataciones venía desde 1999 y continuó cuando el IFE se convirtió en INE. Si hay indicios para revisar veintisiete años de contratos, que se abran los expedientes. Pero que también se respondan las preguntas actuales.

¿Quién autorizó los contratos cuestionados? ¿Qué vínculos tenían los proveedores con quienes decidían las compras? ¿Qué controles fallaron durante la gestión recién terminada? Remontarse a 1999 resulta cómodo cuando faltan respuestas sobre 2026.

Por eso le vino tan bien a Morena la frase de Fox. La presidencia difundió el fragmento en la mañanera y la dirigencia morenista lo amplificó. El expresidente les dio carnita para seguir con la cantaleta de que “todo es culpa de Calderón” y desviar la atención hacia 2006, la primera elección que perdió López Obrador como candidato presidencial.

Una conquista que no le pertenece

La alternancia que llevó a Fox a Los Pinos fue posible porque México había sacado al gobierno de la conducción electoral. Veintiséis años después, el beneficiario de aquella conquista presume haber dispuesto de la presidencia como si fuera suya.

El oficialismo, que debe rendir cuentas por su cercanía con quien encabezó el INE, aprovecha la ocasión para poner al árbitro en el banquillo.

México ya conoció el precio de dejar la sucesión en manos del presidente. Ahora quieren que volvamos a pagarlo.