No se concretó el giro a la derecha de América Latina y el Caribe. De hecho, en términos económicos, los gobiernos progresistas y de centroizquierda, encabezados por México y Brasil, junto con Uruguay, Guatemala y varias pequeñas democracias caribeñas —entre ellas Barbados, Bahamas, Belice, Dominica, Granada, Santa Lucía, San Cristóbal y Nieves y Surinam—, representan alrededor de 5.1 billones de dólares de PIB, equivalentes al 64% de la economía regional.
La derecha y la centroderecha solo suman 2.9 billones de dólares de PIB (el 36%). De plano se ven poca cosa Argentina, Colombia, Chile, Perú, República Dominicana, Ecuador, Costa Rica, Panamá, Paraguay, Bolivia, Honduras, El Salvador y diversas naciones caribeñas.
Es decir, aunque la derecha gobierna más países —aproximadamente 17 frente a 12 con gobiernos de izquierda o de centroizquierda—, la mayor potencia económica sigue concentrada en las democracias gobernadas por fuerzas progresistas, fundamentalmente porque el presidente Lula y la presidenta Claudia Sheinbaum encabezan las dos mayores economías de América Latina.
Desde luego, son cifras aproximadas. La comparación excluye a Cuba, Venezuela y Nicaragua, que están muy lejos de ser democracias. No se tomó en cuenta a Haití porque su sistema político atraviesa una crisis.
El hecho es que, en América Latina y el Caribe, el progresismo es minoría en número de gobiernos, pero mayoría en potencia económica. Y no por poco: casi dos a uno.
Adiós al dominio del bloque conservador que Estados Unidos tanto ha insistido en integrar. Este proyecto injerencista no pasará por el sólido muro de contención encabezado por el México de Sheinbaum y el Brasil de Lula.
La presidenta de México fue la primera en felicitar al presidente brasileño:
Viva la democracia, ganó el pueblo de Brasil. ¡Felicidades presidente Lula!
— Claudia Sheinbaum Pardo (@Claudiashein) October 26, 2026
Felicidad completa: se fue la del INE
El gran domingo de la victoria de la izquierda brasileña solo podía ser de la mayor felicidad para la sociedad mexicana si renunciaba la impresentable Guadalupe Taddei, cabeza del Instituto Nacional Electoral. Esta anunció su renuncia, y qué bueno.
Decía aquí, esta mañana, que buena parte de la influencia política y del prestigio de Claudia Sheinbaum fuera de México reside en que el suyo es un gobierno de izquierda que se sostiene por la fuerza de los votos de millones de personas en elecciones democráticas.
El mayor estorbo para mantener su imagen de presidenta cien por ciento democrática era, para Sheinbaum, la impresentable Taddei, quien ha sido señalada por numerosos posibles conflictos de interés con proveedores del INE.
Taddei dijo ayer que no renunciaría. Era bastante obvio que, para destituirla, se necesitaría un juicio político en el Poder Legislativo mexicano, pero que este difícilmente concluiría antes de las elecciones de 2027.
La única salida, en lo inmediato, era exigir su renuncia mediante presión política legítima. Seguramente es lo que ocurrió. Es posible que la presidenta Sheinbaum haya pedido a su equipo —quizá a la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, o al muy influyente secretario de Seguridad, Omar García Harfuch— hablar con Guadalupe Taddei para hacerle entender que ya no podía permanecer en su cargo. Taddei entendió y anunció su retiro.
La basura debía ser barrida y, en un gran domingo, el gobierno de Sheinbaum la barrió. Ya se verá si hay razones jurídicas válidas para imponer un castigo mayor a la exconsejera del INE. Por lo pronto, ella ya no estorba más.



