Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.

El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

La serie de cambios en dependencias y puestos clave que la presidenta Claudia Sheinbaum finalmente decidió realizar, lejos de significar un viraje en el rumbo del gobierno, parecen responder a los intereses de la lucha interna que se libra en Morena.

Los movimientos no representan una reorientación de políticas públicas ni mucho menos un ajuste de fondo en la conducción del Estado. Por el contrario, relevos en mandos de segundo nivel no alcanzan a modificar la lógica de operación del gobierno.

Las decisiones sustantivas permanecen intactas y la impunidad se mantiene como característica de un régimen donde nadie es investigado ni sancionado, aun cuando existan evidencias públicas de irregularidades.

El mensaje de la presidenta parece ser que, aunque se respete el proyecto de su antecesor, limita la posibilidad de que sus operadores directos se conviertan en herederos del poder. Es decir, sin tocar sus intereses, los desplaza de posiciones estratégicas.

Algo que en política se conoce como gatopardismo, término que el propio AMLO aludió en múltiples ocasiones como referencia para desmarcarse del pasado y asegurar que el cambio propuesto por su movimiento era real y no un simple cambio de fachada. Hoy, la realidad parece invertir ese discurso: los cambios operan más como simulación que como transformación.

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Grupos en disputa

Sheinbaum heredó —y aceptó— un aparato político que limitó su margen de maniobra y que redujo al mínimo los espacios dentro de su propio gabinete.

En seguridad, su principal apuesta ha sido Omar García Harfuch y en el legislativo, la presencia de Alfonso Ramírez Cuéllar. Pero más allá de esos casos, el gabinete responde a una lógica de cuotas y equilibrios internos.

Por un lado, se mantiene el grupo duro cercano a López Obrador, con Andrés López Beltrán, Adán Augusto López Hernández y operadores vinculados al llamado “Grupo Tabasco”.

Por otro, un bloque más ideologizado y combativo donde figuran Martí Batres, Lenia Batres, René Bejarano y Dolores Padierna, viejos cuadros lópezobradoristas con capacidad de movilización dentro del movimiento.

Otro mosaico lo conforman perfiles de origen priista o de trayectoria pragmática, como Ricardo Monreal, Ignacio Mier, Alejandro Armenta entre otros, que operan con lógica propia.

Cambios sin cambio

Los movimientos recientes se han concentrado en áreas técnicas y operativas. En Hacienda, fueron ajustes en las unidades de ingresos, deuda y banca de desarrollo, para incorporar perfiles con mayor énfasis en disciplina fiscal, pero que no modifican la estrategia general.

En el SAT, los perfiles apuntan a reorganizar áreas de fiscalización y acotar espacios de poder internos. En Seguridad, a fortalecer el equipo cercano a García Harfuch, desplazando a operadores vinculados al obradorismo más duro.

En la Secretaría de Energía y en Pemex, los relevos tocaron direcciones estratégicas para incluir perfiles más alineados con la agenda técnica y ambiental de la presidenta. Sin embargo, el modelo permanece intacto.

Otros ajustes, como los de la Comisión Federal de Electricidad, Gobernación y Bienestar, parecen encaminados a reforzar el control político y territorial, y a centralizar la operación de programas sociales.

En Educación, los relevos responden principalmente a crisis operativas que a una revisión a fondo del sistema educativo.

Gatopardismo en marcha

En paralelo, han surgido versiones sobre posibles cambios en la dirigencia de Morena, incluyendo la eventual salida de Luisa María Alcade y Andrés López Beltrán, que, de confirmarse, serían el reflejo de la presión interna por reconfigurar el control al interior del partido.

Lo cierto es que los cambios se limitan a relevos menores que no alcanzan a tocar las decisiones de fondo y que parecen un intento de disfrazar la continuidad con renovación.

México enfrenta la consolidación de un sistema donde la impunidad se mantiene intacta. Las políticas fallidas no se corrigen y el poder se redistribuye sin romper con el pasado.

Es decir, se mueven piezas, pero no se altera el tablero.

Y en política, como lo afirmó Reyes Heroles, la forma es fondo.

X: @diaz_manuel