Durante años Donald Trump sobrevivió gracias a una fórmula tan simple como eficaz: cuando aparecía un problema, fabricaba una distracción; cuando surgía una crisis, creaba una confrontación; cuando un escándalo amenazaba con dominar la conversación pública, aparecía una nueva polémica capaz de desplazarlo. Así funcionaron durante mucho tiempo las famosas cajas chinas del trumpismo. El mecanismo parecía infalible. Siempre había un nuevo enemigo. Siempre había una nueva batalla. Siempre había una nueva provocación capaz de robar reflectores. El problema es que esa estrategia funcionaba mientras los elefantes cabían dentro de la habitación.

Hoy algo parece haber cambiado.

Los elefantes ya no caben.

Y lo que empieza a verse ya no es un problema aislado.

Es una manada.

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Una manada que ocupa cada habitación de la casa política construida alrededor del personaje y que amenaza con reventarla desde dentro.

Porque ahí está Epstein convertido en fantasma permanente. Ahí están los litigios, los reveses judiciales y los cuestionamientos éticos que regresan una y otra vez. Ahí están las controversias fiscales, los conflictos institucionales, las fracturas republicanas, los tropiezos internacionales, Groenlandia convertida en símbolo de ansiedad geopolítica más que de poder real, las guerras que debían exhibir fortaleza y terminaron generando más preguntas que triunfos, los ataques a universidades, los choques con medios de comunicación, las confrontaciones con artistas, comunicadores e intelectuales, los aliados que empiezan a recalcular posiciones y los adversarios que observan cómo la acumulación empieza a pesar más que cualquier crisis individual.

Y ese es precisamente el problema.

Ya no se trata de un expediente.

Ya no se trata de una investigación.

Ya no se trata de una mala semana.

Ya no se trata siquiera de una sucesión de malas semanas.

Se trata de acumulación.

Y la acumulación es letal para cualquier construcción política basada en la imagen de invulnerabilidad.

Durante años Trump edificó el personaje del ganador permanente. El empresario excepcional. El negociador incomparable. El hombre que siempre encontraba una salida. El político inmune a las reglas normales. El personaje que podía incendiar el tablero y salir fortalecido entre los aplausos de sus seguidores. Pero incluso las ficciones políticas más exitosas terminan enfrentando una dificultad elemental: llega un momento en que las explicaciones pendientes empiezan a ser más numerosas que los éxitos disponibles.

Y ahí la conversación cambia.

Porque los sistemas políticos pueden administrar una crisis. Pueden administrar dos. Incluso tres. Lo que rara vez logran administrar indefinidamente es una sensación colectiva de saturación. Y eso es exactamente lo que empieza a percibirse. Saturación. Fatiga. Cansancio. La sensación de que cada semana surge una nueva controversia que debe ser explicada, negada, justificada o desplazada por otra todavía más grande.

La ironía resulta particularmente cruel. Durante años Trump fue presentado como el hombre capaz de resolver todos los problemas. Hoy empieza a parecer un personaje ocupado exclusivamente en administrar a los suyos. Durante años prometió drenar el pantano. Hoy buena parte de los fantasmas que lo persiguen emergen precisamente de los pantanos políticos, empresariales, mediáticos y sociales que juró combatir. Durante años se presentó como destructor de élites. Hoy muchas de las controversias que lo rodean tienen como telón de fondo exactamente aquello que prometió erradicar: privilegios, opacidad, relaciones de poder y reglas distintas para quienes se encuentran cerca de determinados círculos de influencia.

Y ahí aparece otra ironía todavía más incómoda. Cada nueva distracción parece durar menos que la anterior. Cada nueva caja china produce menos efecto. Cada nuevo escándalo fabricado para desplazar la conversación termina coexistiendo con los anteriores. Los viejos trucos empiezan a agotarse. La maquinaria sigue funcionando, pero ya no consigue vaciar la habitación. Los elefantes permanecen ahí. Y siguen llegando más.

Por eso quizá el fenómeno más relevante ya no sea Trump.

Empieza a ser el entorno de Trump.

Los republicanos que comienzan a tomar distancia sin anunciarlo públicamente. Los operadores que empiezan a hacer discretos cálculos de supervivencia. Los aspirantes que observan con creciente atención el horizonte post-Trump. Los aliados que reducen entusiasmo. Los leales que moderan discursos. Los oportunistas que empiezan a estudiar cuidadosamente la ubicación de las puertas de salida.

Porque la historia política está llena de figuras que parecían invulnerables.

Hasta que dejaron de parecerlo.

Y cuando eso ocurre, las deserciones rara vez comienzan con estruendo.

Empiezan con silencios.

Con ausencias.

Con prudencias repentinas.

Con lealtades cada vez menos apasionadas.

Con aplausos cada vez más tibios.

Y con una pregunta que empieza a circular donde antes solamente existían certezas.

¿Y si esta vez el personaje no logra escapar?

Mientras tanto, fuera de Estados Unidos, el mundo también empieza a hacer cálculos. China observa. Los BRICS avanzan. Europa recalcula dependencias. Los mercados descuentan riesgos. Los aliados tradicionales diversifican opciones. Y cada vez más actores internacionales empiezan a contemplar algo que hace apenas unos años parecía impensable: la posibilidad de un escenario post-Trump. Porque el verdadero síntoma de debilidad de una potencia no aparece cuando sus adversarios la desafían. Aparece cuando sus socios empiezan silenciosamente a prepararse para el día después.

Y quizá ahí reside el dato más inquietante de todos.

No que exista una crisis.

No que existan varias.

Sino que empiezan a superponerse.

Empiezan a mezclarse.

Empiezan a reforzarse entre sí.

Y cuando los elefantes se convierten en manada, las cajas chinas dejan de funcionar. Ya no alcanzan las distracciones. Ya no alcanzan los enemigos de ocasión. Ya no alcanzan las provocaciones calculadas. Ya no alcanzan las cortinas de humo. La realidad empieza a ocupar demasiado espacio.

Porque los mitos rara vez se derrumban por un golpe.

Se derrumban por acumulación.

Por desgaste.

Por fatiga.

Por saturación.

Hasta que llega un momento en que la pregunta deja de ser quién abrió la puerta para dejar entrar a los elefantes.

Y empieza a ser cuánto tiempo resistirán todavía los cimientos.

Porque cuando la manada ocupa toda la casa, cuando los fantasmas recorren los pasillos, cuando los aliados empiezan a buscar discretamente las salidas de emergencia y cuando las explicaciones pendientes son más numerosas que los éxitos disponibles, el problema deja de ser político.

Empieza a convertirse en histórico.

Y la historia suele ser implacable con los personajes que durante demasiado tiempo confundieron el espectáculo con la realidad.

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@salvadorcosio1