Tremendo debate tenemos en redes sociales y hasta en las tardes de café, que nos lleva a pensar en la salud mental de hombres y mujeres en nuestro país. Tema nada menor si se trata tanto de víctimas de acoso o de agresiones sexuales, como de los acusados.

Debemos ver siempre las dos caras de la moneda.

Y es que el suicidio del profesor Alberto Jasso, tras ser señalado de presunto acoso sexual por una alumna menor de edad, no debe tomarse tan a la ligera, sea o no culpable de lo que se le acusaba.

Aclaro que siempre estaré del lado de la víctima. No podemos estar ciegos y mudos a una realidad que nos supera. El acoso sexual existe, y cuando ocurre dentro de las aulas es obligación de las autoridades educativas actuar de inmediato.

Pero el caso de este profesor me parece terrible.

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Si era culpable debió enfrentar las consecuencias. ¿Tendría un castigo ejemplar? Probablemente. Lo que hizo, si es que lo hizo, es absolutamente reprobable.

Igual es condenable que se celebre su suicidio, incluso que se diga que todo presunto agresor debería matarse antes de ser juzgado. Esta muerte nos dejará con la duda si se quitó la vida por temor, impotencia, coraje o por culpa.

Alberto se llevó a la tumba la verdad.

Solo sabemos lo que él mismo dijo antes de morir: que era inocente y que se quitaba la vida como un acto de protesta. Esto debe ser terrible para la chica que lo acusó, quien cargará con una culpa que nadie merece.

Quien alza la voz y denuncia acoso, suele enfrentar también estrés severo, ansiedad, miedo a la revictimización y un desgaste emocional constante. Su salud mental queda expuesta en un entorno que a menudo cuestiona, juzga, incluso sataniza o se burla. El sistema debe garantizar no solo seguridad y justicia, sino también acompañamiento terapéutico permanente, porque el daño psicológico es parte central de este tipo de delitos.

En el caso de Alberto es innegable que también estaba en un estado de vulnerabilidad extrema. La presión pública, la sensación de indefensión y el estigma asociado a este tipo de señalamientos pueden llevar al límite a cualquiera si no existen apoyos psicológicos inmediatos. El maestro no contó con una red que le permitiera transitar esa crisis sin llegar al límite; su historia pone sobre la mesa la urgencia de incluir atención en salud mental como paso obligado desde el inicio de cualquier procedimiento, no después.

Esta tragedia nos recuerda que, sin contención, las crisis se vuelven irreversibles; y sin empatía y apoyo para quienes denuncian, la justicia queda incompleta.