Destaca del Segundo Informe de Gobierno que personajes clave de la Cuarta Transformación estuvieran ausentes. Especialmente los que han tenido problemas con Estados Unidos y los hijos del expresidente. No es un detalle menor. Si algo caracteriza el lenguaje de la política mexicana es que lo que no se dice y las sillas vacías dicen más que los discursos.
A diferencia del año pasado, cuando el nuevo gobierno aún caminaba sobre el impulso de su primera etapa y la figura de Andrés Manuel López Obrador seguía pesando de forma más visible en el ambiente político, esta vez la presidenta llegó con un mensaje propio: la Cuarta Transformación sigue, no hay ruptura y el poder, dijo, debe ejercerse con sencillez. Pero la sencillez, como bien sabemos en este país, suele ser discursivo.
El problema es que durante este último periodo de gobierno, uno que otro ha generado mucho ruido por los excesos y los lujos que, pensábamos, se habían terminado. Aún bien ganados o justificados, el estilo ostentoso de vida fue parámetro autoimpuesto que acompañó años de austeridad.
Durante una hora con seis minutos, Sheinbaum Pardo habló de seguridad, economía, programas sociales, salud y de la relación entre México y Estados Unidos, pero entre las cifras y los resultados se abrió paso un discurso político que parecía responder, aunque sin mencionarlos, a varios episodios que han sacudido a su movimiento en las últimas semanas. En ese silencio selectivo, las ausencias se volvieron protagonistas.
Carlos Slim seguía el mensaje junto con otros hombres y mujeres de negocios casi hasta al frente, en la tercera fila. Con modestia, ahí donde el dinero se sienta sin hacer ruido, pero con peso. Sin mencionar a Rubén Rocha Moya, gobernador de Sinaloa con licencia, señalado por Estados Unidos por vínculos con el crimen organizado, ni el retiro de la visa estadounidense a Andrés Manuel López Beltrán la presidenta lanzó una advertencia: “Que nadie se equivoque, aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos, lo único que hay es la defensa del pueblo de México y su dignidad”.
También apareció otro de sus mensajes recurrentes, el llamado a la sencillez. En contraste, la presencia de la gobernadora de Sinaloa, Graciela Domínguez Nava, tuvo una lectura política inevitable. Si algo aprendimos de este sexenio, y del anterior, es que la cercanía con el poder se mide en centímetros y en lealtades, hay una depuración innegable. La congruencia en el estilo de vida del expresidente era un ícono que pudo contrastar por años frente a la banalidad de la clase política.
Estuvieron ausentes Adán Augusto López y Gerardo Fernández Noroña. ¿Casualidad? ¿Coincidencia? En la política, esas palabras sobran. En primera fila, estuvo presente la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, en medio de la polémica generada por audios difundidos recientemente sobre presuntas gestiones relacionadas con su visa estadounidense. En lenguaje sin palabras suena a respaldo.
En esta nueva etapa de la Cuarta Transformación, las sillas de primera fila ya no son para los que viven con arrogancia, sino para los que saben que el poder se cuida con discreción, con lealtad y, sobre todo, con silencio. Los ausentes lo saben. Los presentes también. Los que miramos no podemos dejar de preguntarnos: ¿quién sigue y quién se queda fuera en este nuevo tablero? Si en aquello pudiera medirse la soberanía, queda la moralidad y decencia para sugerir que por encima del intervencionismo, hay una moral pública que pretendía rescatarse. En Palacio Nacional, como en la vida, los que faltan suelen decir más que los que aplauden.
Magistralmente, sin necesidad de ruptura, la primera mujer presidenta establece límites que le dan color a un gobierno propio.



