“La farsa no consiste en que los actores mientan, sino en que el público acepte la escenografía como realidad”.
Karl Kraus
“El poder no necesita convicción; le basta con la distracción”.
Guy Debord
Vivir del cuento y para el cuento. El diputado Sergio Mayer ha demostrado que la curul es un accesorio intercambiable: hoy foro legislativo, mañana foro televisivo. Su paso por la Cámara no se distingue por la producción de leyes, sino por la producción de excusas. La representación popular convertida en utilería.
En la actual legislatura faltó a 53 de 62 sesiones programadas. Más del 85% de ausencias. En cualquier empleo formal, cuatro faltas injustificadas bastan para el despido. En el Congreso mexicano, nueve asistencias alcanzan para conservar el sueldo. La política nacional como esquema de home office perpetuo… pero sin trabajar.
Y aun con ese ausentismo sin consecuencia real, continuó cobrando más de 100 mil pesos brutos mensuales. Pagados, por supuesto, con mi dinero y el de todos los que cumplidamente contribuimos con nuestros impuestos en este país.
El hecho es que, con esas credenciales, decidió dar el salto natural: del salón de plenos al encierro televisado.
Pidió licencia para entrar a La Casa de los Famosos México. Hay versiones que hablan de un pago superior a los 400 mil pesos semanales. Otros dicen que es preferible tenerlo encerrado frente a cámaras que suelto votando reformas. El dilema nacional reducido a eso: ¿dónde hace menos daño? Ver para creer…
Conviene recordar que Mayer llegó como diputado plurinominal por Morena. Es decir, no fue electo directamente por el voto ciudadano. No le debe el cargo a un distrito; se lo debe a una lista. Y así, como quien cambia de foro, “botó” el trabajo. La representación proporcional convertida en representación teatral.
Su currículum —o ridículum— incluye episodios difíciles de explicar sin efectos especiales. La investigación publicada por Emeequis documentó la adquisición de una casa y dos terrenos por cero pesos. CERO. Una operación inmobiliaria más propia de guion de telenovela que de declaración patrimonial. El genio financiero que compra mansiones gratis, pero no logra producir una sola ley aprobada. Un genio.
Aunque no. Porque ese es otro dato incómodo: en año y medio presentó cinco iniciativas; ninguna prosperó. Tres siguen congeladas, una fue desechada y otra la retiró él mismo. Subió ocho veces a tribuna. Producción legislativa mínima; exposición mediática máxima.
Y está la coherencia —esa especie en peligro de extinción—. En octubre de 2024, entrevistado por Sabina Berman (también por Adela Micha, por cierto) afirmó: “yo nunca pediría licencia para irme a un programa de televisión”. Meses después pidió licencia para… ¡irse a un programa de televisión! La hemeroteca es más cruel que cualquier adversario político. Por supuesto que sí.
El relevo tampoco despeja dudas. Su suplente, Luis Morales Flores, comerciante de la Central de Abasto y originario de Temoaya, llegó por tómbola y acción afirmativa indígena. En 2024 expresó su inconformidad por ser suplente de Mayer. Hoy ocupa la curul que el titular despreció. La política como casting permanente. De risa loca (o llanto permanente).
No está de más recordar que en su primera legislatura Mayer fue uno de los diputados presentes en el homenaje de cumpleaños de Joaquín Naasón, hoy preso en Estados Unidos por delitos sexuales contra menores. No es un detalle menor. Es un síntoma. Una podredumbre terrible.
La pregunta ya no es si el circo se muda a San Lázaro o si San Lázaro se mudó al circo. La pregunta es por qué la estructura institucional permite que la representación popular se use como trampolín profesional. El problema no es solo un diputado que prefiere reflectores; es un sistema que no castiga la ausencia, no exige resultados y normaliza el espectáculo.
El diputado prefirió el reality que la responsabilidad. Y lo pudo hacer sin ningún costo real.
Giros de la Perinola
(1) Que la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia de Morena haya iniciado un proceso sancionador de oficio contra Sergio Mayer, al referido le tiene sin cuidado.
Ahora veremos si el partido que presume ética interna está dispuesto a algo más que un regaño administrativo. Lo dudo.
Pero la cuestión de fondo es otra: ¿qué resulta más grave para la República? ¿Que abandone el Congreso para irse a un reality? ¿O que pueda regresar cuando quiera, como si la representación ciudadana fuera un puesto eventual y de entrada por salida?
En México, la política dejó de parecerse al servicio público y comenzó a asemejarse peligrosamente a un casting interminable. Algunos compiten por votos. Otros por rating.
Y el país, todos nosotros, pagamos la suscripción.
(2) Por cierto, en pasillos de San Lázaro se comenta que la licencia de Sergio Mayer no solo fue tolerada sino funcional: menos ruido interno, menos protagonismo incómodo en comisiones y, de paso, un distractor mediático que desvía reflectores de votaciones clave que vienen en el próximo periodo.
Hay quien sostiene —en voz baja, claro— que el escándalo es útil. Mientras la conversación pública gira en torno al reality y al rating, avanzan reformas sin demasiada luz. El espectáculo como biombo legislativo. No sería la primera vez que el foco se coloca estratégicamente en el foro equivocado.






