En política hay dos caminos: debatir o atacar. Y cuando no tienen con qué debatir, hacen lo más fácil… y lo más bajo: se van contra tu apellido.

Sí, mi apellido. Ese que repiten con desprecio. Ese que usan como “argumento”. Ese al que le cargan todo, para no hablar de lo único que importa: mi trabajo.

Porque no es casualidad.

Nunca cuestionan mis resultados. Nunca desmontan mis propuestas. Nunca confrontan lo que hago.

Siempre es lo mismo: “Es hija de papi…”; “Está ahí por…”; “Seguro la pusieron…”.

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El mismo libreto. La misma cantaleta. La misma obsesión.

Y hay que decirlo como es: no es coincidencia, es “estrategia”.

Una estrategia vieja, rancia, que pretende sustituir argumentos con prejuicios, al más viejo estilo del PRI de los setenta.

Porque cuando la realidad los rebasa, cuando el trabajo es evidente y los resultados están ahí, intentan empujarte a otro terreno: el del descrédito fácil.

Eso no es crítica. Eso no es opinión.

Eso tiene nombre: violencia.

Violencia digital. Sistemática. Y profundamente cobarde.

La que se esconde en cuentas falsas.

La que se repite como consigna.

La que no busca dialogar, sino instalar una mentira para tapar la realidad.

Y hay que dejarlo claro: esto no le pasa igual a todos.

A los hombres se les cuestiona. A las mujeres se nos minimiza.

A ellos se les debate. A nosotras se nos reduce.

No porque falte capacidad. Sino porque incomoda que sí la haya.

Porque lo que realmente les molesta no es mi apellido.

Es que, con o sin él, estoy trabajando.

Que, siendo diputada de representación proporcional, he estado en territorio desde el primer día.

Que no aparezco solo en tiempos electorales.

Que doy la cara. Que regreso. Que cumplo.

Eso es lo que no pueden desacreditar. Y por eso intentan distraer.

Pero hay algo que ya cambió: la gente ya no compra ese discurso.

La gente observa. Compara. Y entiende.

Entiende quién trabaja… y quién solo hace ruido. Entiende quién da resultados… y quién vive de etiquetas.

Por eso no voy a caer en su juego.

No voy a responder con insultos. No voy a rebajar el nivel.

Pero tampoco me voy a quedar callada. Reducir a una mujer a su apellido no es un argumento político. Es violencia.

Y normalizarla no solo es injusto. Es peligroso.

Porque degrada el debate público, y premia la mediocridad.

México no necesita más etiquetas. Necesita resultados.

No necesita más prejuicios. Necesita trabajo.

Trabajo constante. Trabajo real. No apariciones esporádicas con promesas vacías.

Porque al final, por más que repitan lo mismo una y otra vez, hay algo que no pueden borrar: los hechos.

Y los hechos —aunque les incomoden— no dependen de un apellido.

Dependen de quién eres… y de lo que haces todos los días.

María Teresa Ealy Díaz. Diputada Federal. LXVI Legislatura.

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