“La función pública no pertenece a quienes la ejercen; pertenece a quienes la financian”.

Frédéric Bastiat

“Un gobierno que confunde el deber con el favor termina confundiendo también al ciudadano con el cliente”.

Reflexión propia

¿En serio, Clara Brugada? ¿No es broma, Mario Delgado? Porque cuando uno escucha que habrá bonos para policías por el operativo del Mundial y apoyos extraordinarios para maestros antes del regreso a clases, la primera reacción no es entusiasmo. Es incredulidad.

Y después viene la pregunta inevitable: ¿desde cuándo cumplir con aquello para lo que uno está empleado merece una recompensa adicional?

A un piloto no se le entrega un cheque por aterrizar un avión sin estrellarlo. A un anestesiólogo no se le recompensa porque el paciente despertó. A un juez no se le concede un estímulo económico por presentarse a dictar sentencia. Entonces, ¿por qué estamos normalizando pagar un extra por cumplir con sus responsabilidades?

No. El problema no es que policías, maestros o médicos ganen más. De hecho, yo pienso que muchos servidores públicos deberían tener mejores salarios. Quien arriesga su vida o forma a las nuevas generaciones merece una remuneración digna.

Y precisamente por eso me incomoda esta política. Porque en lugar de corregir estructuralmente los salarios, fortalecer una verdadera carrera profesional o premiar el desempeño medible, se opta por repartir apoyos extraordinarios que, legítimamente, despiertan preguntas sobre sus incentivos políticos.

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Sale más barato para las finanzas públicas repartir bonos ocasionales que asumir el costo permanente de una política salarial seria.

Y también resulta políticamente más rentable…

Lo preocupante tampoco es el monto. ¡Es el mensaje!

Parece ser que cumplir con la obligación dejó de ser suficiente y ahora merece una recompensa adicional. Como si el deber se hubiera convertido en una hazaña.

Y eso me lleva a plantear otra pregunta incómoda. ¿No habría sido políticamente más prudente anunciar estos bonos después de que la autoridad demostrara resultados incuestionables? ¿Después del operativo en el Ángel de la Independencia que terminó con la muerte de varios ciudadanos? ¿Después de semanas en las que el gobierno capitalino tampoco logró garantizar algo tan elemental como el libre tránsito frente a los bloqueos de la CNTE?

No afirmo que exista una intención electoral detrás de estos anuncios. No tengo cómo probarlo. Pero sí me parece legítimo preguntar si estos apoyos extraordinarios terminan funcionando, además, como mecanismos de fidelización política.

Lo que son las cosas: el dinero para medicinas, hospitales, mantenimiento del Metro o infraestructura suele aparecer con cuentagotas. En cambio, cuando se trata de repartir bonos, los recursos aparecen copiosamente.

Hay otro elemento que me preocupa.

En diversos países existen bonos de puntualidad o asistencia. Nunca me han convencido. Si un salario remunera precisamente el trabajo, también remunera llegar a tiempo, cumplir el horario y desempeñar la función para la que alguien fue contratado. Lo extraordinario debería reservarse para resultados extraordinarios, no para obligaciones ordinarias.

En otras palabras, estamos convirtiendo lo normal en excepcional. Y pagando dos veces por ello.

Esa es, quizá, la mayor renuncia del Estado. En lugar de construir instituciones donde el cumplimiento del deber sea la regla y el mérito determine los ascensos, terminamos administrando incentivos temporales. El servidor público deja de sentirse parte de una carrera profesional y empieza a depender del bono, del apoyo extraordinario, del estímulo discrecional.

Eso no fortalece al Estado. Lo vuelve más dependiente del gobernante en turno.

La 4T ya no solo gobierna mediante subsidios. También parece haber encontrado en los bonos otra forma de administrar lealtades. Policías. Maestros. Programas sociales. Sindicatos. Todo termina conectado bajo una lógica que desplaza el mérito y sustituye la responsabilidad por el incentivo.

Y el riesgo es enorme. Deja de exigir excelencia y se termina celebrando, simplemente, que las cosas no salgan todavía peor. Es bajar la vara hasta el subsuelo. Tan típico de un gobierno de… cuarta.

Estoy convencida de que un Estado fuerte NO necesita repartir bonos para generar sentido de compromiso de sus servidores públicos con sus obligaciones. Necesita pagarles dignamente, exigirles resultados, evaluarlos con rigor y reconocer el mérito cuando realmente existe.

Cuando un gobierno empieza a repartir bonos por hacer aquello que ya estaba obligado a hacer, el problema deja de ser presupuestal. Comienza a ser cultural.

Deja de enseñarnos que el deber se cumple y nos muestra que el deber también se negocia.

Giro de la Perinola

En México ya descubrimos una nueva modalidad laboral. Primero se cobra por hacer el trabajo. Después se cobra un bono… por haberlo hecho. Si algún día inventan otro por no echarlo a perder, ya no hará falta cambiar la Ley Federal del Trabajo. Bastará con cambiar el refrán: del “cumplir con el deber” pasaremos al “¿y mi bono dónde quedó?”.