Poco antes de cerrar el mes de septiembre, como una costumbre legislativa, se agendó un esquema de comparecencias para informar los pormenores de temas sustanciales como la seguridad, salud, pero también el estatus que reina alrededor del tratado comercial con Estados Unidos y Canadá. Aunque todos son de suma relevancia, en ese orden de prioridades, vimos que el T-MEC empezó a mostrar más interés entre los diputados y senadores. Había, sin lugar a duda, poderosas razones para pormenorizar la comunicación, el alcance y las metas que se han trazado desde Palacio Nacional. De hecho, amplios sectores de la ciudadanía miramos muy de cerca el ejercicio de comparecencia del secretario de Economía, Marcelo Ebrard. En ello, obviamente, se integró un vaivén de preguntas y respuestas donde, a grandes rasgos, conocimos lo que ha generado tanta expectativa, mayormente por los antecedentes que giran en esa órbita.

Formados en primera fila, luego de comparecer ante la Junta de Coordinación Política, la prensa escuchó con detenimiento la respuesta de Ebrard. Algo que nos llamó poderosamente la atención, que habíamos abordado en columnas pasadas, fue la tensión que ha tenido esta ruta. En muchas de las condiciones, la negativa afloró por diferencias técnicas y operativas por el rubro de los aranceles. Había inconvenientes que, incluso, pausaron por completo las negociaciones con el departamento estadounidense. Para ello, y sucumbiendo los malentendidos, se fueron fusionando las charlas con los personajes de primer nivel de la Casa Blanca. Fue necesario, en ese sentido natural, poner en práctica los buenos oficios de nuestros representantes que, además de no flaquear, siempre insistieron por dar ese paso decisivo. El mismo Marcelo, por ejemplo, esbozó que, en algún momento, el Tratado Comercial sí estuvo en riesgo de romperse. Para que eso no sucediera, cumpliendo a cabalidad el mandato de la presidenta Sheinbaum, se delegaron responsabilidades personalizadas y, por ende, hubo una insistencia inmensa para meternos de nuevo a la ruta del entendimiento. Ello explica que, de momento, se han concretado tres rondas de revisiones. Hasta donde sabemos, una cuarta charla está por llevarse a cabo antes de que finalice noviembre.

Después de continuar presentando los pormenores en la comparecencia legislativa —que salió como se esperaba—, Ebrard confirmó lo que siempre aludimos en estos espacios de opinión: la prioridad máxima y el compromiso que hay por firmar un acuerdo comercial que, además de histórico, permita generar excelentes condiciones para seguir sosteniendo las cadenas de suministro. Dando buenos resultados en esa dinámica de atraer más y mejores inversiones, no se ha modificado la estrategia, sino que se ha extendido. Más del 85 % del tiempo que organiza la comisión de Economía es destinado a revisar los ajustes técnicos y los mecanismos operativos a fin de seguir abriendo camino a la apertura del comercio. Esta cultura de participación activa nos ha puesto, ni más ni menos, al alcance de la firma de un T-MEC que rompería cualquier paradigma. Entre los rubros, desde luego, está inhibir lo más que se pueda el efecto de los aranceles. Recordemos que, como tal, los buenos oficios de nuestros representantes, basados en diálogo y negociaciones de las contrapartes en suelo mexicano y estadounidense, son los que han estrechado y robustecido la causa conjunta.

En ese objetivo prioritario, sin romper el diálogo, hay evidencias que nos dicen que esa comunicación permanente ha hecho posible sellar acuerdos que, de pronto, son un faro de luz para llegar a la meta que nos hemos trazado. La apuesta, entrando en el último tramo de revisiones exhaustivas, nos ha puesto en la antesala de una firma que, para ratificarlo, bastó que el presidente Donald Trump saliera a escena para decir que esto está muy cerca de concretarse para que los tres países salgan beneficiados. Saliendo de su propia voz, por el peso específico de sus posturas, esto nos lleva a concluir que, efectivamente, vamos por la dirección correcta. Si analizamos la coyuntura, de hecho, vemos que en las últimas semanas no ha existido un clima de tensión que pueda visibilizar alguna rigidez. Todo eso, al reducirse significativamente, allana el camino ahora que nuestros representantes, con oficio y cabeza fría, están actuando con estricto apego a lo que Sheinbaum ha solicitado. Viendo los últimos pormenores actualizados, justamente, vemos cómo se ha manifestado, dándole toda la prudencia para trabajar reglas de operación, ajustes técnico-operativos y evaluación minuciosa en la parte más visible, que son los aranceles y, por ende, la búsqueda de su disminución. Es, en efecto, una etapa crucial en la que, de plano, podemos decir que hay una estabilidad o un equilibrio entre las contrapartes, mayormente ahora que se ha fortalecido la producción de uno y otro lado.

Si este respaldo mutuo sigue —que así lo vemos y percibimos—, estamos en condiciones de hablar de un pilar sólido que, más temprano que tarde, se convertirá en la firma histórica entre México, Estados Unidos y Canadá.