La llamada llegó a medianoche. No era una hora cualquiera. Era esa hora en la que la ciudad duerme y el silencio pesa más que nunca. Mi prima me llamaba con la voz quebrada: mi sobrina, de apenas 19 años de edad, no contestaba los mensajes ni las llamadas. Había salido del cine, tomó un vehículo de aplicación junto con una amiga que bajó antes que ella. Se quedó sola en el auto. Llovía con fuerza. Cinco minutos después, su celular se apagó.
Esos minutos sin saber nada de nuestra niña fueron los más largos y angustiantes que pensamos vivir.
¿Está bien? ¿A dónde la llevan? ¿Qué hacemos si no regresa? Nadie tenía el número de placa ni el nombre del chofer. El viaje se había pedido desde su teléfono y estaba apagado.
Nos vestimos con rapidez, con el nudo en la garganta, pensando en que habría que buscarla o levantar una denuncia.
A las doce y veintidós sonó el teléfono de mi prima. Era ella. El chofer la había dejado en un lugar desconocido, lejos de casa. Sin batería, asustada, encontró ayuda en una taquería que por fortuna, estaba en servicio. Estaba viva. Estaba a salvo. Pero muchas otras mujeres en México no pueden decir lo mismo.
Este susto nos recuerda que el riesgo es real y constante. Las cifras son alarmantes:
- Solo en un año, se registraron más de 400 denuncias contra conductores de autos de aplicación en México: 23 por violación, 80 por robo, 11 por lesiones, 4 por homicidio y decenas más por acoso y abuso sexual.
- En la Ciudad de México, en un solo año, 63 mujeres fueron agredidas en transporte: 27 por violación, 28 por abuso sexual y 8 por acoso sexual.
- ONU Mujeres señala que el 96.3% de las mujeres ha sufrido violencia sexual en el transporte público; y las plataformas, que deberían ser una alternativa más segura, se han convertido en otro espacio de riesgo.
- Cada año, los medios reportan casos de mujeres que nunca regresaron de un viaje por aplicación —cinco de ellos documentados solo en un recuento reciente de feminicidios— y muchos otros quizás ni siquiera llegan a las noticias.
Mi sobrina regresó a casa esa madrugada, temblorosa pero viva.
Se le recomendó traer una batería portátil y checar con frecuencia que el celular funcione. Además, se le dijo que lo recomendable era que alguien más tomara las placas del carro y que el chofer estuviera consciente de que tenían sus datos.
Muchas no viven para contarla. La diferencia entre que alguien llegue a casa o no, no puede depender de la buena suerte, de que llueva o no, o de que el conductor decida respetar el camino.
Las plataformas deben garantizar que ninguno de sus choferes tenga antecedentes penales, entre otras medidas de seguridad.
Viajar sola a casa no debería ser un acto de valentía. Es un derecho. Y garantizarlo es responsabilidad de todos: de las empresas que nos transportan, de las autoridades que vigilan y de una sociedad que no se canse de decir: ninguna mujer debería tener miedo de llegar a casa.





