“Para dialogar, preguntad primero; después… escuchad”.

Antonio Machado

Estoy segura de que, si Claudia Sheinbaum añade Barcelona a su visita a España y aparece junto a Pedro Sánchez, habrá quien en la derecha española denuncie que fue a hacerle campaña. Desde el Ayuntamiento de Madrid quizá encuentren tiempo para dictaminarlo. Yo empezaría por una consideración menos provinciana: México también tiene intereses, y su presidenta no tendría por qué suspenderlos cada vez que otro país prepara unas elecciones…

Sí: Claudia debe asistir a la Cumbre Iberoamericana del 4 y 5 de noviembre en Madrid, reunirse con Felipe VI y aprovechar el viaje para acudir con Sánchez a un encuentro en Barcelona. Después de tanto discutir cómo saludarnos, convendría tener algo que hacer juntos. Sería una lástima emplear el deshielo únicamente en comprobar que, en efecto, ya no hace tanto frío.

La encuesta de MetricsMX que se publica hoy aquí en SDPnoticias sugiere que los mexicanos llevan alguna ventaja sobre los administradores del agravio: 67% considera que debe acudir a la cumbre y reunirse con el rey. Un 49.8% responde que sí, definitivamente; otro 17.2% lo juzga adecuado. Se opone 12.2%; al 17.1% le da igual y el 3.7% no sabe. La pregunta no incluía Barcelona ni a Sánchez, pero el respaldo a viajar a Madrid es inequívoco. Dos de cada tres no parecen temer que la dignidad nacional se extravíe al pasar por Barajas…

A mí esta relación me toca también por la memoria familiar. Mi bisabuelo, Martín Luis Guzmán, amigo y colaborador cercano de Manuel Azaña, regresó a México en 1936 después de sus años españoles. Solía decirle a la familia que simpatizar con la República no lo eximía de intentar tender puentes con las demás voces políticas de España y más allá de sus fronteras. México estaba siempre en esa conversación. Sus convicciones tenían raíces; no necesitaban una cerca.

Parto de esa enseñanza cuando veo cuánto esfuerzo se dedica a averiguar si conversar con alguien equivale a rendírsele. Entre México y España hay familias, libros, universidades, empresas y exilios: demasiada vida para someterla al permiso de quienes viven de mantener abierto el pleito. La memoria merece algo mejor que acabar de portera, revisando las credenciales ideológicas de quienes quieren hablar del porvenir.

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Felipe VI ya estuvo en México: el 25 de junio se reunió con Claudia en Palacio Nacional, durante su viaje por el Mundial de futbol. Corresponder al acercamiento en Madrid no obligaría a la presidenta a dejar sus convicciones en el guardarropa de la recepción. Puede defender a los pueblos originarios y conversar con el rey; incluso puede hacer ambas cosas en la misma reunión. Sería penoso que el futbol hubiera abierto una puerta que la política, tan satisfecha de su importancia, no supiera atravesar.

Pero Madrid no debería agotar la visita. Barcelona ya recibió a Claudia en abril, cuando participó en el encuentro en defensa de la democracia y visitó el Barcelona Supercomputing Center con Salvador Illa y Jaume Collboni, entre otras autoridades. Hay una conversación empezada y gente dispuesta a continuarla. Volver tendría sentido precisamente para que aquella visita no se quedara en el álbum donde envejecen, sonrientes, tantas promesas de cooperación.

En Cataluña, el gobierno de Illa y la alcaldía de Collboni ofrecen una coincidencia socialista con interlocutores concretos, universidades, centros científicos y empresas alrededor. Para Claudia, cuya formación científica suele figurar en las presentaciones de rigor, sería una oportunidad de darle trabajo al título. Y para Sánchez, una ocasión de mostrar que su relación con América Latina puede producir algo más sustancioso que una invocación emocionada a los pueblos hermanos.

Yo los reuniría en Barcelona alrededor de proyectos científicos compartidos, con investigadores y responsables mexicanos capaces de explicar qué se está haciendo y qué falta. La colaboración con el centro de supercomputación permite hablar de formación de especialistas, infraestructura e inteligencia artificial sin tener que inventar una causa para justificar el encuentro. La soberanía tecnológica tiene esa inconveniencia: exige aprender, invertir y colaborar con otros. Por más solemnemente que se pronuncie, todavía no se ha conseguido encender una sola computadora con ella.

¿Le vendría bien a Sánchez aparecer junto a Claudia? Probablemente. España votará el 29 de noviembre y sería enternecedor suponer que nadie en La Moncloa ha reparado en el calendario. Pero México tampoco tiene por qué renunciar a una colaboración útil para evitarle un beneficio incidental a su anfitrión. Lo exigible es que haya trabajo que mostrar cuando termine la visita, cuando pase la elección y cuando ya nadie recuerde de qué color eran los atriles.

La no intervención deja a los españoles la elección de su gobierno. No exige que Claudia finja indiferencia ante todo lo que Sánchez propone, ni que se cambie de acera cuando lo vea venir. Puede hablar con él de ciencia, cooperación y desigualdad sin pedir un voto. Si de ese trabajo ambos salen bien parados, habrá que tolerar la extravagancia: dos políticos obteniendo una ventaja por hacer algo útil.

También por eso convendría ampliar la conversación en Madrid. La Cancillería podría buscar encuentros con figuras del Partido Popular: Alberto Núñez Feijóo, José Luis Martínez-Almeida e incluso Isabel Díaz Ayuso, si hubiera disposición y espacio en las agendas. No vienen incluidos en la invitación a la cumbre ni se trata de reunir estampitas de pluralidad. Interesa hablar con quienes influyen en España, incluidos los que preferirían que Claudia no influyera en nada…

Con Ayuso habría material para una conversación poco somnolienta. En mayo advirtió que México estaba a dos pasos del camino de Venezuela; después acusó a las autoridades mexicanas de boicotear su visita, una versión rechazada por Gobernación. Si ambas aceptaran sentarse, no tendrían que fingir que se han caído bien toda la vida. Les bastaría reconocer que una relación entre países merece más que la administración de sus antipatías. Claudia podría escucharla sin concederle razón. Ayuso tendría ocasión de comprobar que la presidenta mexicana también existe fuera de sus discursos.

Recibir a Felipe VI, conversar con el PP y trabajar con Sánchez no son lealtades que se cancelen entre sí. Esa amplitud permitiría que la afinidad socialista tuviera su lugar sin adueñarse de toda la relación. Vuelvo a lo que aprendí: tener una posición propia no obliga a convertir cada puerta ajena en una frontera. Menos aún cuando se gobierna un país cuyos intereses no caben enteros en un partido.

Y las izquierdas harían bien en aprovechar sus coincidencias mientras puedan convertirlas en algo duradero. Brasil, España, México y Uruguay no tienen una sola izquierda ni un destino electoral compartido. Cada gobierno enfrenta su calendario, sus adversarios y sus propias maneras de complicarse la vida. La fraternidad no suspende las urnas. Por eso interesa dejar acuerdos que el siguiente encuentre útil conservar, aunque al tomar posesión haya prometido corregir todos los errores del anterior.

Sánchez puede abrir conversaciones en Europa que a México le interesa tener; Claudia aporta el peso de un país que comparte con Estados Unidos mucho más que una frontera. Juntos podrían hacerse escuchar mejor que por separado. Y a una presidenta obligada a medir diariamente el humor de Washington le conviene que haya otras capitales donde contesten el teléfono. Las simpatías internacionales sirven de poco si solo alcanzan para enviar condolencias cada vez que Trump decide “apretar”…

Después vendría China: APEC reunirá a sus líderes en Shenzhen el 18 y 19 de noviembre y México será anfitrión en 2028. Roberto Velasco y la SRE tendrán trabajo preparando ambos viajes. Para eso están (supondría yo); sería peculiar que el éxito de una cancillería consistiera en ahorrarle interlocutores a su presidenta…

España puede resultarnos más cercana por la lengua, la historia y los afectos. El Pacífico nos compromete por el comercio y por el lugar que queremos ocupar en él. No hace falta escoger entre una conversación que nos es familiar y otra que nos es indispensable.

¿Que Claudia debe viajar tanto? Cuando su presencia pueda conseguir algo que no lograría una delegación, sí. También los gobernantes progresistas necesitan salir: los derechos que prometen ampliar dependen de inversiones, conocimientos y decisiones que no se producen todos dentro de Palacio. López Obrador convirtió su renuencia a viajar en una virtud que sus seguidores confundieron con doctrina de izquierda. Yo le veía más bien un recelo conservador hacia cuanto escapaba de su radio de mando. El mundo siguió tomando decisiones mientras él explicaba por qué no necesitaba ir.

Claudia, ve a Madrid y procura ir también a Barcelona. No necesitas escoger entre el rey y los socialistas, ni entre la memoria y el porvenir. Necesitas que México gane algo de una relación que ya ha perdido demasiado tiempo explicando sus desencuentros. La derecha española hará su lectura; tus aliados, la suya. Tú procura volver con algo que no quepa en la fotografía.

Giro de la Perinola

Si a alguien le inquieta que Sánchez pueda beneficiarse de trabajar con México, quizá convenga preguntarle qué le molestaría más: la supuesta campaña de Claudia o que la cooperación llegara a funcionar.