“Las virtudes se pierden en el interés como los ríos se pierden en el mar”.
François de La Rochefoucauld, Máximas
A Malú Micher le cerraron una puerta y de inmediato abrió su “vocación fiscalizadora”... Aeroméxico restringió el acceso a sus Salones Premier, por lo que la senadora anunció que pediría una reunión con la empresa desde el Senado. Hay pasajeros que buscan su número de cliente para reclamar. Ella encontró su cargo. La diferencia merece bastante más atención que el menú de alimentos del lounge.
Porque a mí el escándalo de que una legisladora quiera sentarse cómodamente me parece pequeño. Lo revelador empieza cuando su incomodidad adquiere membrete. Uno puede pagar una tarjeta, comprar un acceso o discutir las condiciones de un servicio. Lo extraordinario es llevar en el equipaje de mano una institución de la República por si en recepción se ponen difíciles…
Micher publicó que en Aeroméxico “esta vez sí se pasaron” y anunció una gestión ante el Senado para reunirse con la compañía. Conviene precisar: anunció una reunión; eso no equivale a que exista una comparecencia ni obligatoria ni aprobada. Pero el salto ya estaba dado: una inconformidad comercial encontraba una vía parlamentaria que el resto de los clientes, los comunes mortales como uno, difícilmente podrían incluir en su reclamación.
Y hay materia para reclamarle a la aerolínea. Sus condiciones publicadas establecen que, desde el 1 de septiembre de 2026, viajar en Clase Premier en rutas nacionales dejó de incluir acceso a esos salones. Pagar más y recibir menos amerita preguntas; cualquier revisión de lo contratado y de cómo se comunicaron los cambios sería pertinente. Ser empresa privada no concede permiso para incumplir. Pero ser senadora tampoco concede una categoría adicional al de pasajera.
Después, Micher explicó que su indignación nació al ver a una mujer con el brazo muy hinchado, con una manga para linfedema, cargando equipaje y subiendo y bajando escaleras sin la atención necesaria. Tomemos en serio esa explicación. Precisamente porque merece ser tomada en serio, obliga a salir del debate sobre las credenciales partidistas para entrar a un salón.
Una pasajera que necesita asistencia debería recibirla aunque nunca haya acumulado una milla y aunque su tarjeta bancaria sea la más modesta. Si la atención depende de poder refugiarse en una sala exclusiva, el problema empieza mucho antes de la recepción de Aeroméxico y habla muy mal de la infraestructura del aeropuerto y de los reglamentos y operación de zonas federales que dependen del gobierno morenista. La pregunta legislativa sería cómo garantizar un trayecto digno para cualquiera en esas condiciones. Qué curioso que hayamos terminado discutiendo las ventajas de la clientela frecuente de una empresa aérea privada...
Ahí encuentro la veta del episodio: la facilidad con que una necesidad común se traduce en una solución selectiva. En vez de corregir la experiencia que padecen todos, se busca una puerta por donde algunos puedan dejar de padecerla. El aeropuerto sigue siendo incómodo; lo que cambia es quién tiene que enterarse. Hipócritas.
Gerardo Fernández Noroña acudió al rescate y sostuvo que el movimiento se había equivocado al llevar la austeridad al plano personal. Hasta ahí hay una discusión atendible: una política de gasto público no puede convertirse en vigilancia de cada café comprado con dinero propio. Lo delicioso es que el deslinde llegue justo cuando la doctrina empieza a estorbarles a sus predicadores.
Durante años, la austeridad sirvió para juzgar el carácter de los adversarios: lo que vestían, dónde comían, cómo viajaban. Ahora requiere una aclaración metodológica. El bienestar privado recupera su respetabilidad a medida que cambia de beneficiarios. Noroña podría explicarlo en una conferencia: la austeridad era una exigencia moral mientras había que exigírsela a otros.
Pero su defensa deja intacto lo principal. La discusión sobre cómo gasta cada quien su dinero no resuelve cómo utiliza su cargo. Si una legisladora anuncia una intervención del Senado a partir de un servicio que la afecta como usuaria, corresponde preguntar qué problema general atenderá, con qué criterios y para beneficio de quiénes. El escaño no debería funcionar como una tarjeta de fidelidad con mejor atención telefónica. Pero eso es lo que hacen en la 4T un día sí y otro también.
Y luego, mientras discutíamos la indignación de Micher, apareció una gestión todavía más instructiva. Claudia Anaya difundió un oficio de la Secretaría Técnica de la Mesa Directiva dirigido al canciller Roberto Velasco: solicitaba acceso al Salón de Protocolo del AICM para legisladores que viajaran con motivo de las sesiones. Aquí ya cambiamos de mostrador: de las condiciones comerciales de una aerolínea a las facilidades que se piden al Estado por ocupar un cargo.
El documento está fechado el 5 de octubre, antes de la polémica de Micher. No encontré evidencia para sostener que fue fechado hacia atrás ni que surgiera como respuesta a su queja. La secuencia comprobable resulta suficientemente elocuente: mientras una senadora protestaba públicamente por las restricciones de un salón privado, ya se había tramitado una solicitud de acceso a otro, de carácter protocolario. Sería excesivo hablar de coordinación; basta observar la coincidencia de necesidades.
También hay que cuidar la autoría política. Anaya se deslindó de la petición y responsabilizó a Morena; Excélsior publicó este 22 de octubre, con información de integrantes de la Mesa, que la solicitud habría surgido de bancadas opositoras después de que dos senadoras sufrieran lesiones. Eso exige aclarar quién propuso y quién autorizó. Si participaron opositores, que se sienten también en el banquillo: sería una lástima reservarles a los privilegios una crítica menos plural que sus beneficiarios.
Las lesiones merecen asistencia; el oficio pedía facilidades para legisladoras y legisladores por sus traslados a las sesiones. Nuevamente, entre una cosa y otra cabe una pregunta incómoda: ¿cómo pasó una necesidad de apoyo a convertirse en una solicitud asociada al cargo? Trabajadores de muchas ocupaciones madrugan, viajan lesionados y regresan de noche. Su jornada tampoco mejora por hacer fila. Quizá les falta una secretaría técnica que redacte su cansancio…
Hay, además, una actualización que evita escribir una indignación caducada: según la información publicada por Excélsior, Cancillería y el AICM rechazaron la solicitud por motivos de seguridad y el Senado decidió no insistir. No puede afirmarse que ya disfrutan de ese acceso. La puerta quedó cerrada. La pretensión, en cambio, quedó por escrito.
Eso es lo que vuelve políticamente útil este episodio. Quien puede gestionar una salida particular del mal servicio tiene menos incentivos para arreglarlo para todos. Afuera pueden faltar asientos, agua, techos, atención o información; adentro se trabaja estupendamente en la agenda del país. A fuerza de conseguir excepciones, sus representantes pueden terminar conociendo la vida cotidiana únicamente por las quejas que consiguen atravesar la puerta.
Por eso no les propondría cambiar de aeropuerto para que nadie los moleste. Prefiero que experimenten el que usan sus representados y que, cuando algo falle, quieran corregirlo sin preguntar primero cómo se obtiene acceso a otro espacio. La convivencia con los ciudadanos no tendría que figurar entre las contingencias de un viaje oficial.
Giro de la Perinola
Presidenta Sheinbaum, aquí tiene una prueba de austeridad bastante más concreta que otro regaño sobre el vestuario: que se aclare quién pidió el acceso, quién lo autorizó y qué problema pretendía resolver. Y que las necesidades de asistencia se atiendan para cualquier pasajero. Resultaría una innovación estupenda: aprovechar la incomodidad de los poderosos para mejorar algo que también sirve a quienes no lo son.
El pueblo ya les dio entrada al Senado. Qué pronto empezaron a buscar una salida para no esperar junto a él.



