El protagonismo excesivo ultrapersonalista, el culto a la personalidad y la política convertida en espectáculo, trastorna y deforma el pensamiento, impidiendo ejercer adecuadamente el poder público.
Toda democracia necesita liderazgo. Necesita gobernantes con carácter, capacidad de decisión, firmeza y visión para conducir a una nación en tiempos complejos. Pero existe una diferencia esencial entre ejercer el liderazgo y convertir el liderazgo en un fin en sí mismo. La primera actitud fortalece las instituciones; la segunda corre el riesgo de debilitarlas. Gobernar significa administrar un poder que pertenece a la sociedad; protagonizar significa intentar que la sociedad gire alrededor del gobernante. Esa frontera, aparentemente sutil, suele marcar la diferencia entre el estadista y el caudillo, entre el servidor público y el personaje que termina convencido de que la institución encuentra sentido únicamente a través de su propia presencia.
La historia demuestra que las democracias rara vez comienzan a deteriorarse de un día para otro. Su desgaste suele ser gradual. Empieza cuando las instituciones dejan de ocupar el centro de la vida pública y ese espacio comienza a ser absorbido por la personalidad del dirigente. El proyecto colectivo pierde relevancia frente a la narrativa individual; el debate sobre las políticas públicas cede terreno al interés por el personaje; los símbolos nacionales empiezan a confundirse con la imagen del gobernante, y el ejercicio del poder se transforma, poco a poco, en una representación permanente.
Donald Trump constituye hoy uno de los ejemplos más visibles de ese fenómeno. Desde su regreso a la Casa Blanca ha consolidado una forma de ejercer la Presidencia basada en la confrontación constante, la provocación calculada y la necesidad permanente de ocupar el centro de la conversación pública. Sus desencuentros con aliados tradicionales, sus diferencias públicas con dirigentes como Giorgia Meloni y Emmanuel Macron, sus cambios de tono, sus declaraciones deliberadamente provocadoras y su capacidad para convertir prácticamente cualquier escenario internacional en una plataforma para proyectar su propia figura ya no parecen hechos aislados. Observados en conjunto, describen un estilo político donde el protagonista termina siendo más importante que el propio escenario.
Cada episodio podría parecer anecdótico si se analizara por separado. Sin embargo, al integrarlos aparece un patrón evidente. La política deja de ser únicamente el espacio donde se gobierna para convertirse también en el escenario donde se representa un personaje. La administración pública comparte protagonismo con la construcción permanente de una narrativa personal, donde el impacto mediático adquiere un valor equivalente, o incluso superior, al resultado de las decisiones gubernamentales.
En ese contexto resulta perfectamente comprensible que una frase pronunciada durante la reciente cumbre de la OTAN recorriera el mundo en cuestión de minutos. Trump decidió compararse irónicamente con Lenin mientras criticaba al comunismo, en una expresión destinada, más que a explicar una postura política, a dominar nuevamente el ciclo informativo. La frase podrá generar simpatía entre unos, rechazo entre otros o simple curiosidad, pero lo verdaderamente relevante no es su contenido sino el método. La provocación ha dejado de ser un recurso ocasional para convertirse en una forma habitual de comunicación política. El titular desplaza al argumento; el impacto inmediato adquiere prioridad sobre la reflexión; la conversación gira alrededor del personaje mucho más que alrededor del problema que supuestamente se intenta resolver.
Ese estilo también se refleja en la manera de relacionarse con aliados históricos. La confrontación parece haberse convertido en un método permanente. Ocurre con adversarios ideológicos, pero también con gobiernos que tradicionalmente han sido socios estratégicos de Estados Unidos. Los desencuentros con Meloni, Macron, diversos dirigentes europeos e incluso con aliados dentro de la propia OTAN muestran un liderazgo que parece encontrar en la tensión constante una forma de afirmar autoridad. A veces el conflicto parece convertirse en parte del mensaje. Incluso da la impresión de que el presidente entra en contradicción consigo mismo: endurece posiciones para después matizarlas, amenaza para luego negociar, rompe equilibrios y posteriormente intenta reconstruirlos. La contradicción deja entonces de ser un accidente para integrarse al propio espectáculo.
Ese protagonismo no se limita al discurso. Poco a poco ha comenzado a trasladarse a los símbolos del poder y a las instituciones mismas. El caso más significativo ocurrió recientemente con el Aeropuerto Internacional de Palm Beach, rebautizado oficialmente como President Donald J. Trump International Airport. No se trata simplemente de un cambio de nomenclatura. Se trata del primer aeropuerto estadounidense que lleva el nombre de un presidente mientras éste continúa en funciones. La circunstancia, celebrada por el propio Trump con evidente satisfacción, adquiere un profundo significado político precisamente porque rompe con una tradición no escrita, pero ampliamente respetada en las democracias consolidadas: permitir que sea la historia, y no el poder vigente, la que determine cuándo un gobernante merece convertirse en símbolo permanente de una institución pública.
La decisión implicó además un gasto multimillonario para sustituir señalización, identidad institucional, sistemas de navegación, documentación y múltiples elementos operativos financiados con recursos públicos y del propio aeropuerto. Más allá de la discusión presupuestal, lo verdaderamente importante es el mensaje. El reconocimiento deja de provenir del juicio sereno de las generaciones futuras para convertirse en una celebración realizada mientras el homenajeado conserva intacta la enorme influencia que le otorga el cargo más poderoso del país.
No es un detalle menor que el propio presidente haya destacado con orgullo ser el primer mandatario en funciones en recibir semejante distinción. Esa precisión revela el verdadero significado del acontecimiento. No se trata únicamente de un aeropuerto. Se trata de la satisfacción de convertir el presente en monumento personal, sin esperar a que el tiempo, los ciudadanos y la historia emitan un juicio definitivo sobre su legado.
La imagen adquirió un simbolismo todavía mayor cuando el Trump Force One, la aeronave perteneciente a su organización empresarial, se convirtió en uno de los primeros aviones en aterrizar bajo la nueva denominación del aeropuerto. La escena parecía cuidadosamente diseñada para reforzar una narrativa donde la frontera entre la institución pública, la figura presidencial y la marca personal comienza a volverse cada vez más difusa.
El episodio no es aislado. Tiempo atrás también surgió el intento de incorporar el nombre de Trump al histórico John F. Kennedy Center for the Performing Arts, uno de los recintos culturales más emblemáticos de los Estados Unidos. La propuesta encontró resistencias y terminó enfrentando obstáculos jurídicos y políticos. El debate fue mucho más profundo que una simple discusión administrativa. Muchos advirtieron que una democracia debe ser especialmente cuidadosa cuando el poder vigente pretende apropiarse de espacios que pertenecen al patrimonio histórico, cultural e institucional de toda la nación.
Ese conjunto de hechos obliga a formular una pregunta incómoda pero necesaria. ¿En qué momento el reconocimiento legítimo hacia un gobernante comienza a transformarse en un culto a la personalidad?
No se trata de negar los méritos que cualquier presidente pueda acumular durante su gestión. Tampoco de sostener que el reconocimiento público sea, por definición, indebido. El problema aparece cuando los homenajes dejan de ser consecuencia del juicio histórico y empiezan a convertirse en instrumentos de autoafirmación política. Las democracias no fueron concebidas para monumentalizar a quienes ejercen temporalmente el poder, sino para fortalecer instituciones capaces de sobrevivir a todos los gobernantes, incluso a los más exitosos.
La diferencia puede parecer sutil, pero resulta decisiva. Los grandes estadistas suelen dejar que la historia hable por ellos. Los liderazgos excesivamente personalistas sienten la necesidad de que el reconocimiento llegue mientras aún conservan la capacidad de influir en él. El primero confía en el legado; el segundo parece necesitar la confirmación inmediata del aplauso.
Ese mismo impulso parece explicar la creciente presencia presidencial en escenarios que, por naturaleza, deberían pertenecer a otros protagonistas. La Copa Mundial de la FIFA 2026, el acontecimiento deportivo más importante del planeta, constituye una celebración del futbol, de los jugadores, de las selecciones nacionales y de millones de aficionados. Naturalmente, el presidente del país anfitrión tiene un papel protocolario relevante. Lo que comienza a generar inquietud es la percepción de que el protagonismo político intenta ocupar un espacio que corresponde al deporte mismo.
Las imágenes junto al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, las declaraciones alrededor del torneo y la constante asociación entre el mayor espectáculo futbolístico del mundo y la figura presidencial alimentan esa percepción. El futbol ha sobrevivido durante más de un siglo precisamente porque pertenece a los pueblos y no a los gobiernos. Convertirlo, aunque sea parcialmente, en escenario de promoción política representa un riesgo que ninguna democracia debería mirar con indiferencia.
Cuando las instituciones culturales, los aeropuertos, los grandes eventos internacionales y hasta las expresiones deportivas comienzan a gravitar alrededor de la figura del gobernante, deja de hablarse únicamente de liderazgo. Empieza a consolidarse una lógica distinta: aquella en la que el Estado parece existir para proyectar la imagen del líder, en lugar de que el líder exista para servir al Estado.
Todo ello invita a reflexionar sobre un aspecto que rara vez se analiza con suficiente profundidad. El poder no solo transforma la manera en que un gobernante es percibido por los demás; también puede alterar la forma en que el propio gobernante termina percibiéndose a sí mismo. A medida que disminuyen las voces críticas y aumenta el círculo de quienes encuentran más cómodo aplaudir que cuestionar, la autocrítica pierde espacio. Poco a poco, el dirigente corre el riesgo de interpretar el respaldo de sus simpatizantes como si fuera el sentir unánime de toda la nación, de asumir que toda discrepancia obedece a intereses oscuros y de confundir la fortaleza del cargo con la infalibilidad de sus propias decisiones.
No corresponde atribuir sentimientos íntimos ni hacer diagnósticos sobre la personalidad de Donald Trump. Sería irresponsable afirmar que actúa por celo, envidia o frustración. Lo que sí puede observarse es un contraste político evidente. Mientras él parece conceder enorme importancia a los índices de popularidad, a las multitudes, al reconocimiento inmediato y a la necesidad permanente de ocupar el centro de la conversación, existen figuras como Barack Obama que, aun después de haber dejado el poder hace años, conservan un prestigio nacional e internacional construido menos sobre el espectáculo y más sobre el recuerdo de su desempeño, su capacidad de comunicación y la percepción que amplios sectores mantienen sobre su legado.
Esa diferencia resulta significativa porque pone de manifiesto que notoriedad y liderazgo no son conceptos equivalentes. Puede dominarse la conversación pública durante todos los días sin alcanzar la confianza de quienes observan con serenidad el paso del tiempo. El ruido garantiza visibilidad; no necesariamente respeto. La popularidad auténtica rara vez necesita imponerse. Se construye con resultados, con consistencia y con la percepción de que las instituciones terminaron siendo más fuertes después del paso de un gobernante que antes de su llegada.
Mientras tanto, la realidad continúa imponiendo desafíos que ningún ejercicio de comunicación política puede ocultar indefinidamente. La política migratoria sigue provocando cuestionamientos por denuncias de excesos y atropellos durante diversos operativos; la causa venezolana, utilizada durante años como bandera de libertad y como argumento electoral, parece haber quedado relegada mientras millones de venezolanos continúan esperando acciones más eficaces que los discursos; las tensiones con aliados históricos no desaparecen; las guerras abiertas y los conflictos latentes exigen prudencia y liderazgo; la economía enfrenta retos complejos y buena parte de la comunidad internacional observa con preocupación el creciente deterioro del clima de confianza que durante décadas distinguió a los Estados Unidos como referente democrático.
Esa es, en muchos sentidos, la manada que sigue ahí. Los grandes problemas no desaparecen porque el reflector cambie de dirección. Permanecen esperando respuestas de gobierno mientras la conversación pública se distrae con la siguiente declaración, la siguiente polémica o el siguiente episodio capaz de dominar las redes sociales durante unas cuantas horas.
Quizá por eso convenga recordar que la historia no suele ser particularmente generosa con los gobernantes que dedican demasiados esfuerzos a construir su propia imagen mientras descuidan la fortaleza de las instituciones. Los homenajes auténticos no suelen concederse por decreto ni se consolidan mediante campañas de comunicación. Llegan cuando el tiempo ha hecho su trabajo y las generaciones posteriores reconocen, sin presiones y sin propaganda, que aquel liderazgo dejó un país más fuerte, más libre y mejor preparado para enfrentar el futuro.
Las democracias no necesitan dirigentes sin carácter. Tampoco necesitan gobernantes incapaces de tomar decisiones difíciles. Necesitan mujeres y hombres conscientes de que el poder es una responsabilidad transitoria y no una propiedad personal; de que el prestigio no se decreta; de que la autoridad no depende de la cantidad de reflectores, sino de la confianza que inspira el ejercicio prudente del mando; y de que ningún presidente, por influyente que sea, puede colocarse por encima de las instituciones que juró servir.
Al final, el juicio decisivo nunca pertenece al gobernante. Pertenece a la historia. Ella termina separando con bastante claridad a quienes utilizaron las instituciones para engrandecerse de aquellos que se empeñaron en engrandecer a las instituciones. Los primeros suelen dejar monumentos a su nombre; los segundos dejan países más sólidos. Los primeros buscan ser recordados mientras aún ejercen el poder; los segundos permiten que sean los ciudadanos y el paso del tiempo quienes decidan si su obra merece ser recordada.
Porque el verdadero legado de un líder no consiste en que un aeropuerto, un edificio o un escenario deportivo lleven su nombre mientras ocupa el cargo. Consiste en que, cuando haya abandonado definitivamente el poder, la nación pueda afirmar que sus instituciones son más fuertes, su democracia más sólida, sus libertades más amplias y su sociedad más unida que el día en que llegó al gobierno.
Esa es, en última instancia, la diferencia entre ejercer el poder con grandeza o dejar que el poder termine alimentando un ego sin límites. Y cuando esa frontera desaparece, cuando el proyecto colectivo se subordina a la exaltación permanente del gobernante, cuando el Estado comienza a confundirse con una sola persona y la política se transforma en un espectáculo cuyo protagonista pretende ocupar todos los escenarios, el problema deja de ser una cuestión de estilo.
Es entonces cuando el ego, silenciosamente, empieza a desgobernar.
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