Donald Trump no está improvisando. No se trata únicamente de un discurso para consumo político interno, que aunque no tenga sustento, llega hasta señalamientos contra políticos de Morena por presuntos vínculos con el crimen organizado, puede alcanzar directamente a la economía mexicana: exportaciones, inversión, empleo, producción y crecimiento.

En el contexto actual, la discusión dejó de ser si Estados Unidos mantendrá o no el T-MEC, sino si a México le conviene permanecer en un acuerdo cuyas reglas parecen haber cambiado y hoy es extorsión.

Comercio que deja de ser comercio

El T-MEC nació como un tratado comercial para facilitar el intercambio de bienes, servicios e inversiones entre los tres países de América del Norte. Sin embargo, ahora, las negociaciones incluyen migración, combate al narcotráfico, seguridad fronteriza, tráfico de fentanilo, energía, Estado de derecho, democracia, agua e incluso investigaciones iniciadas por agencias estadounidenses.

Y no es que estos asuntos carezcan de importancia, el problema es haber permitido que se mezclaran con un tratado cuya finalidad era brindar certidumbre económica y comercial.

La reciente decisión de establecer revisiones periódicas lo confirma. El comercio ya no se negocia de manera independiente, ahora forma parte de una agenda política mucho más amplia en la que Estados Unidos posee una posición claramente dominante.

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Paradójicamente, buena parte de las empresas instaladas en México son de capital estadounidense y las principales beneficiarias de muchas de las ventajas que ofrece el tratado.

A cambio México obtiene empleo, inversión y crecimiento económico, cada vez en menor medida, porque, conforme avanzan la automatización y los cambios tecnológicos, la dependencia de la mano de obra se reduce.

Por ello, la pregunta resulta inevitable: ¿conviene mantener una relación comercial donde asuntos completamente ajenos al intercambio económico se utilizan como mecanismos de presión en la negociación?

México está debilitado

El problema es que México se sube a este nuevo escenario con menos herramientas que hace algunos años.

Durante el auge del nearshoring el país desaprovechó la oportunidad de convertirse en el principal destino de relocalización industrial en América del Norte.

Aunado a ello, la cancelación de proyectos, la incertidumbre regulatoria, los cambios constantes en las reglas para invertir, el debilitamiento de organismos autónomos y la reforma al Poder Judicial han ido deteriorando la confianza de los inversionistas.

La fortaleza para negociar depende del tamaño de la economía, pero también de la credibilidad institucional. Y ahí México llega debilitado.

Washington cuenta con un mercado enorme, capacidad para subsidiar industrias y suficientes instrumentos legales para imponer condiciones. México tiene un crecimiento menor al 1%, finanzas públicas bajo estrés y un ambiente de incertidumbre que limita su margen de negociación.

Una relación de poder

Actuando conforme a sus propios intereses nacionales, Trump busca recuperar empleos, atraer inversiones y reducir el déficit comercial con México; aunque en una ruta equivocada, es lo que prometió a sus electores.

Mientras, la responsabilidad de defender los intereses mexicanos corresponde al gobierno de México.

La relación es cada vez más asimétrica y, aunque la balanza comercial entre ambos países mantiene un superávit histórico para México y un consecuente déficit para EE. UU., —que según datos de la Oficina del Censo de los EE. UU., asciende a 199,100 millones de dólares— los temas comerciales han quedado subordinados a una agenda política y de seguridad definida desde Washington.

Por eso la verdadera pregunta es: ¿para qué seguir en un tratado que les conviene más a los estadounidenses? De la respuesta depende si el país seguirá negociando desde una posición de desventaja, a pesar de que la base para que un tratado comercial funcione, es la certidumbre para ambas partes.

Si una de esas partes puede utilizar cualquier tema como mecanismo de presión sobre la otra, la relación va dejando de ser entre socios iguales para convertirse, cada vez más, en una relación de poder, dependencia y entrega de la soberanía.

X: @diaz_manuel