En el fondo, es el recurso de la violencia lo que sigue determinando la fuerza de los regímenes autoritarios, pero se arropa ahora de distintos disfraces.

Fue en la etapa de entreguerras y después en el despliegue de la Segunda Guerra Mundial, cuando los regímenes fascistas lucieron diversos recursos de confrontación y de intimidación para dar cuenta de su capacidad para alcanzar el propósito de dominio político que implantaron; pero sus regímenes fueron derrotados y proscritos. Sin embargo, quedó plasmada su capacidad para alinear a la sociedad y de cautivar con la mística castrense, con el dominio de los medios de comunicación, con la disminución y hasta desaparición de los partidos y corrientes opositoras, así como mediante el uso de símbolos como el del saludo que se hacía a los emperadores romanos

Parecía que los excesos y la exhibición de los mismos mediante el juicio de Nuremberg, vacunarían la repetición de los horrores en los que incurrieron esos regímenes, y de alguna forma ha sido así. Pero su cimiente ha sido reprocesada por los sistemas autoritarios que se ocupan de alimentar el culto al líder y de colocarlo dentro de una supremacía que lo instala por arriba de las instituciones y del derecho.

Populismos de izquierda y de derecha proclaman la superioridad del líder y cuestionan la arquitectura de la democracia liberal para establecer controles, contrapesos, transparencia y rendición de cuentas al ejercicio del poder, pues consideran que es innecesario y entorpece innecesariamente el avance del gobierno.

Una de las grandes supuestas cualidades del liderazgo populista es que él está dotado de la capacidad y sensibilidad para representar, mejor que nadie, los intereses y anhelos de la sociedad; en tanto es así, las diversas instancias de intermediación entre sociedad y gobierno están por demás o son inútiles; tal es caso de los partidos políticos y de la pluralidad que se expresa en el Congreso y a través de la sociedad en la diversidad de sus organizaciones y formas de participación. Es el liderazgo iluminado y patriota, el de quien acaudilla, el que está llamado a ejercer el poder venciendo los contrastes y limitaciones que, malamente, se le pueden imponer.

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Dentro del ecosistema populista está, desde luego, la violencia, pero ejercida a través de distintas formas e instancias organizativas y de acción. Una de ellas se realiza a través del control de las instituciones que, en la práctica, conduce a la disminución o eliminación de los derechos humanos, aunque éstos sigan presentes en el marco jurídico constitucional,

La aplicación de la justicia queda sometida en la visión populista a una especie de observancia de la tesis de Carl Schmitt en la relación amigo-enemigo; en efecto, los amigos tienen un trato, en tanto los enemigos merecen otro muy diferente y opuesto al de los primeros; la violencia se practica, también, a través de cuerpos alternos y aparentemente sin vinculación con el gobierno, pero en los hechos, con un comportamiento que le resulta funcional en tanto coadyuvan a financiar las tareas de su brazo partidista y de generar estímulos selectivos a través de la corrupción.

Organizaciones delictivas aparecen en el tracto de operativos electorales y de financiamiento al partido en el gobierno, tal y como ha quedado marcado en reclamos legales, en la consignación de la prensa y en actos de intimidación que han sufrido candidatos opositores.

Todo esto ocurre en el régimen puesto en pie por el gobierno de la 4T; no en balde hablan de un cambio de régimen; cierto, la mudanza que plantean -aunque no lo dicen- consiste en abandonar el sistema republicano y democrático de gobierno, para asumir uno de corte populista-autoritario que garantice su permanencia en el poder a través de la concentración de facultades en la figura presidencial, por medio de las capacidades que en los hechos va sumando, y de la disminución de la pluralidad política.

En ese marco, tiene lugar el desarrollo de una creciente y hostil polarización política que arrincona a los opositores, al tiempo que pretende la supremacía o el reino de la fuerza gobernante, lo que crispa el debate en tanto lo reduce a una confrontación que encuentra cerrada la salida democrática.

No existe debate auténtico, en el Congreso se verifica un torneo de intervenciones impedidas de influir en la construcción de acuerdos, y en una deliberación que permita incorporar propuestas. La posición de la mayoría es inflexible e inamovible, pues lo que emana del gobierno no está sujeto a un auténtico examen y análisis, por más que las iniciativas que plantean tengan errores, vicios y hasta faltas de ortografía.

Se practica un autismo gubernamental que no es más que expresión de un autoritarismo extremo; de ahí el imperativo de tocar las puertas de las distintas instancias internacionales para denunciar lo que ocurre con el gobierno de la 4T: Desde luego que eso no sería necesario en caso de que estuviera vigente el régimen republicano y democrático de gobierno, pero bien se sabe que no es así.

Los adversarios son intimidados, existen periodistas amenazados y, lamentablemente, algunos asesinados; se cierra el camino de la libertad de expresión mediante el uso de mecanismos que, en los hechos, pretenden instaurar la censura previa; se despliega una grosera fase de actos anticipados de campaña por parte del partido en el gobierno, con la complacencia de la autoridad electoral, misma que debiera producir sanciones; se sigue usurpando una mayoría calificada que los electores no concedieron a la fuerza política gobernante y a sus aliados.

Se vive en medio del avasallamiento que se deriva del régimen populista-autoritario que ha puesto en pie la llamada 4T. Bien hace Alejandro Moreno en recurrir a todas las instancias para denunciar, tanto a nivel nacional como internacional, el atropello en que vivimos; me apunto en ese reclamo.