“Ella existió solo en un sueño

Él es un poema que el poeta nunca escribió

En la eternidad los dos unieron sus almas

Para darle vida a esta triste canción de amor

A esta triste canción de amor

A esta triste canción de amor...”

El Tri

“Welcome to the jungle, we got fun and games

We got everything you want, honey, we know the names

We are the people that can find whatever you may need

If you got the money, honey, we got your disease...”

Guns N’ Roses

¿Por dónde empezar? ¿Por las amenazas de la CNTE de reventar vialidades y aeropuertos en plena víspera mundialista? ¿Por el transporte público rebasado, las extorsiones de tránsito, la inseguridad o la ciudad que se hunde varios centímetros cada año mientras el gobierno pinta bardas de morado como si administrara una escenografía y no una capital de más de veinte millones de personas? ¿Por las inundaciones que convierten Periférico en río y Viaducto en estacionamiento acuático? Cualquiera de esas tragedias bastaría para avergonzar a una ciudad sede del Mundial. La suma de todas anuncia algo peor: la exhibición internacional del deterioro mexicano administrado como normalidad.

La Ciudad de México se prepara para recibir el Mundial del 2026. O al menos eso dice el discurso oficial. En la práctica, la capital parece prepararse para sobrevivir a sí misma. Y ahí radica el verdadero problema de fondo: el gobierno capitalino actúa como si gobernar consistiera en producir narrativa visual y no infraestructura funcional.

La administración de Clara Brugada ha convertido el espacio público en una operación estética. Morado en banquetas, morado en puentes, morado en postes, morado en bardas. Una especie de maquillaje urbano aplicado sobre una ciudad agrietada, inundable y exhausta. Pocas colonias se salvan.

Mas la pintura no sustituye drenajes ni mantenimiento hidráulico ni planeación urbana. El color institucional no evita que media capital colapse después de una lluvia intensa…

Y entonces apareció el programa “Tlaloque 2.0”, anunciado con el entusiasmo burocrático de quien descubre el agua tibia: seis mil trabajadores desplegados para atender emergencias provocadas por lluvias. La propuesta parecería salida de un gobierno medieval: personas con escobas y mangueras intentando contener el fracaso estructural de décadas. Como si lo fundamental fueran los charcos y no el sistema hidráulico colapsado.

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La Ciudad de México no se inunda por mala suerte. Se inunda por abandono. Por drenajes sin mantenimiento, por desazolves insuficientes, por infraestructura envejecida y por gobiernos obsesionados con inaugurar símbolos antes que reparar tuberías. El agua dejó de ser únicamente un fenómeno meteorológico para convertirse en evidencia política.

Resulta casi ofensivo escuchar a funcionarios culpar al cambio climático cada vez que la ciudad colapsa. Claro que el clima ha cambiado a lo largo de décadas. Claro que las lluvias son más agresivas. El problema es que la capacidad gubernamental parece haberse reducido exactamente en la misma proporción en la que aumentó la propaganda.

Ulrich Beck advertía que las sociedades contemporáneas terminan atrapadas en “la administración política del riesgo”. Exactamente eso ocurre en la capital: no se resuelven los problemas, se administran mediáticamente —y mismo eso, superficialmente— sus consecuencias.

En la CDMX ya ni siquiera existen “encharcamientos”. Existen albercas involuntarias de cincuenta centímetros en avenidas principales de una de las ciudades más grandes del planeta. Cada tormenta exhibe la misma postal: automóviles flotando, estaciones del Metro colapsadas, árboles caídos, caos vial y funcionarios descubriendo —otra vez— que quizá debieron podar árboles y limpiar alcantarillas antes de la temporada de lluvias y no durante el aguacero.

Pero el verdadero drama no es el agua que cae. Es la que se desperdicia. La capital pierde enormes cantidades por fugas, robo y una red hidráulica obsoleta. El huachicoleo del agua existe (¿estará el clan López Beltrán también detrás de esto?), las fugas existen, las bombas antiquísimas existen, el desperdicio cotidiano existe. Lo que no existe es una política seria para enfrentar el problema estructural.

Y mientras todo eso ocurre, la ciudad además se hunde. Estudios del propio sistema hidráulico llevan años alertando que algunas zonas metropolitanas registran hundimientos acelerados por sobreexplotación del acuífero. Hay áreas de Iztapalapa, Tláhuac y Chalco donde el fenómeno alcanza niveles alarmantes. Sin embargo, el debate público parece concentrado en pintar murales y rebautizar programas con nombres creativos.

La tragedia de esta administración no es únicamente la ineptitud. Es algo peor: la sustitución deliberada de la gestión por propaganda. James C. Scott escribió que muchos gobiernos fracasan cuando intentan simplificar artificialmente realidades complejas para volverlas administrables desde el poder. Eso hace hoy la capital: convertir problemas de ingeniería, urbanismo y sustentabilidad en campañas visuales de comunicación política.

Y ahí aparece el Mundial. Ese gigantesco reflector internacional que el gobierno imagina como escaparate de modernidad. El problema es que los reflectores también iluminan las grietas y la mierda (la real y la figurada). Ninguna campaña turística podrá ocultar que la ciudad colapsa con lluvias fuertes. Ninguna narrativa oficial convencerá a visitantes extranjeros de que es “normal” pasar cinco horas atrapados bajo el agua en una vialidad principal.

El Mundial podría terminar funcionando como metáfora perfecta del país: un evento global organizado encima de infraestructura agotada, instituciones rebasadas y gobiernos obsesionados con el espectáculo político. Mucho show. Mucha ceremonia. Mucho color institucional. Y debajo de todo, tuberías rotas.

La propia modernización anunciada para el sistema Cutzamala exhibe el tamaño del problema. El gobierno presume inversiones históricas en infraestructura hidráulica después de décadas de abandono. Si realmente es la mayor inversión en cuarenta años, el dato no tranquiliza: avergüenza. Habla más del abandono acumulado que de la magnitud del esfuerzo actual.

Mientras tanto, Xochimilco agoniza lentamente bajo descargas residuales, deterioro ecológico y abandono gubernamental. El ajolote sirve como símbolo turístico y como decoración institucional; bastante menos como prioridad ambiental. La ciudad convirtió incluso a sus especies endémicas en elementos de mercadotecnia urbana.

Así llegaremos al Mundial: con una capital que presume murales mientras se hunde, pinta puentes mientras se inunda y organiza conciertos mientras posterga lo esencial. La CDMX ya no gobierna problemas: los maquilla. Y el agua, como suele ocurrir en política, siempre termina encontrando por dónde salir.