Defiendo el derecho de Ezra Shabot a publicar lo que publicó. Sin asteriscos. No comparto una línea de su columna en Nexos, pero no quiero verlo censurado, cancelado ni desaparecido de la conversación. Al contrario. Precisamente porque defiendo ese derecho me tomo su texto en serio y lo contesto. La censura lo habría librado de esto. El debate, no.
Y el debate arranca por donde él prefirió pasar de largo.
Uno. La palabra no es suya
Shabot escribe como si “genocidio” significara lo que él decida que signifique, y como si Gaza no calificara porque él lo dice. No funciona así. El genocidio tiene una definición jurídica, no retórica: el artículo II de la Convención de 1948 lo describe como cualquiera de cinco actos —matar, causar daño grave, imponer condiciones de vida calculadas para destruir al grupo, entre otros— cometidos “con la intención de destruir, total o parcialmente”, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. No exige exterminar a un pueblo entero. Exige intención y uno solo de esos actos.
Y sobre los hechos, el mundo institucional ya se movió, le guste a Shabot o no. La Corte Internacional de Justicia ordenó a Israel, en medidas provisionales que siguen vigentes, abstenerse de actos genocidas y permitir la ayuda humanitaria. La Corte Penal Internacional emitió el 21 de noviembre de 2024 una orden de arresto contra Benjamin Netanyahu por crímenes de guerra y de lesa humanidad, incluida la privación deliberada a la población civil de alimentos, agua y medicinas. Y la Comisión de Investigación de la ONU concluyó, el 16 de septiembre de 2025, que Israel cometió genocidio en Gaza, y que Netanyahu incitó a cometerlo.
Se puede discrepar de cada una de esas instancias. Lo que no se puede es fingir que la pregunta quedó resuelta por una columna. La palabra tiene dueños, y son tribunales.
Dos. Netanyahu no es el pueblo judío
Aquí está la distinción que más importa y que Shabot desdibuja. La política del gobierno de Netanyahu no es la conducta de los judíos del mundo, ni siquiera la de todos los israelíes —muchos de los cuales llevan meses marchando contra él en su propia calle–. Un jefe de Estado no es su población. Un gobierno no es su nación.
Criticar a Netanyahu no es antisemitismo. Confundir ambas cosas es, de hecho, el favor que más le agradece: le permite esconder a su gobierno detrás de seis millones de muertos.
Y hay un daño más hondo, que me toca de cerca; lo digo como lo que soy. El antisemitismo existe, es real y es peligroso, y por eso mismo la palabra no debería gastarse en blindar a un primer ministro. Cuando todo es antisemitismo, nada lo es: la alarma deja de sonar justo el día en que un judío de verdad la necesite. Un pueblo no es un gabinete, y una fe milenaria no es una política de guerra. Los judíos llevan tres mil años discutiendo con sus propios reyes; disentir nunca fue traición, sino la costumbre.
Por eso defender al Estado de Israel y al pueblo judío pasa hoy, precisamente, por criticar los actos criminales del gobierno de Netanyahu; no por callarlos. A un país no se le protege dándole la razón a quien lo empuja al abismo, sino exigiéndole que no lo haga. El verdadero amigo de Israel no es el que le aplaude todo, sino el que se niega a que un gobierno se envuelva en la bandera, y en la memoria de un pueblo, para justificar lo que hace en Gaza. Quien confunde las dos cosas no protege a los judíos ni a Israel: los usa.
Tres. Defender lo indefendible
Aclaro algo de entrada, para que nadie me acuse de deslizarme de una palabra a otra: desproporción y genocidio no son lo mismo, y no los confundo. Voy incluso a conceder, para efectos de este punto, toda la duda de Shabot sobre la palabra “genocidio”. No la necesito.
Porque hay un hecho que ni él disputa: el sufrimiento de la población civil en Gaza es innegable. No está en discusión la fotografía —barrios enteros reducidos a escombro, hospitales sin insumos, familias privadas de lo indispensable para vivir, niños muertos por millares—; lo único que Shabot discute es el nombre que le ponemos. Discutamos el nombre, entonces, pero sin negar lo que cualquiera puede ver.
Y aquí el derecho es más simple de lo que a él le convendría. El genocidio exige probar una intención específica de destruir al grupo, y esa es la parte difícil de acreditar. El crimen de guerra no. Privar deliberadamente a una población civil de alimento, agua y medicina como método de guerra es, textualmente, el cargo que la Corte Penal Internacional imputa a Netanyahu —con o sin la palabra “genocidio” encima–.
De modo que no hay ninguna escalera con un salto en medio. No pasó de “me parece excesivo” a “es genocidio”. Fijo un piso: aun concediéndole a Shabot toda la duda sobre el genocidio, lo que queda debajo sigue siendo, por lo bajo, un crimen de guerra. Y si arrasar barrios enteros sobre su población, privarla deliberadamente de lo indispensable para sobrevivir y sepultar a sus niños por millares no basta siquiera para eso, entonces la categoría no protege ya a nadie, en ningún lugar.
Y ahí está lo que de verdad importa, más allá de la retórica. La palabra —genocidio, crimen de guerra, “desproporción”— se puede discutir; lo que no admite discusión es lo que esa palabra nombra. Lo que se hace en Gaza es un crimen indefendible, lo llames genocidio o no. Esa es la frase que Shabot tendría que haber escrito, y es exactamente la que su columna existe para no escribir.
El problema con la opinión de Shabot no es que defienda a Israel. Se puede defender a Israel. El problema es que, para hacerlo, nos pidió no ver tres cosas: la definición, a los tribunales y a los muertos.
Y termino donde más importa, porque no quiero que se me lea mal. Así como criticar a Netanyahu no es antisemitismo, defender el derecho de Shabot a publicar su opinión no es negar el genocidio ni justificar las políticas de Israel. Los dos bandos volvieron sinónimo lo que no lo es: de un lado, quien critica a Israel ya es antisemita; del otro, quien defiende a Shabot ya es cómplice. Rechazo las dos trampas por igual. Se puede sostener a la vez, sin contradicción y sin culpa, que Shabot tenía todo el derecho a escribir lo que escribió y que lo que escribió no es verdad.
La libertad de expresión protege su derecho a decirlo. No me obliga a creerlo, ni a mí a callarlo.
Lo diré una vez más, porque es el fondo de todo: defender hoy a Israel y a los judíos no se hace a pesar de la crítica a los actos del gobierno de Netanyahu. Se hace a través de la crítica.
Que lo diga, pues. Y discutámoslo, que para eso se escribe.






