“El narcisismo no consiste en amarse demasiado, sino en ser incapaz de amar aquello que no sea uno mismo”.
Inspirado en Christopher Lasch
Hoy escribo de futbol. Conviene aclararlo desde el inicio, no vaya a ser que algún lector piense que una dejó súbitamente de observar el desastre nacional para refugiarse en alineaciones, lesiones y polémicas deportivas. No. Simplemente hay semanas donde hasta el análisis político necesita tomar aire.
Y vaya que México está particularmente cargado. La maldita Cuarta Transformación convirtió la conversación pública en un estado permanente de agotamiento: pleitos diarios, polarización crónica, propaganda, disputas internas, simulaciones morales y un país que parece vivir atrapado entre la tensión política y el desgaste emocional colectivo. Para quienes gustan de mis cuestionamientos más duros, ahí están mis columnas recientes en SDPnoticias sobre Mario Delgado, Rubén Rocha, el calendario escolar, las madres buscadoras o el álbum mundialista de la mafia del poder. Hoy no huyo del análisis; simplemente hago una pausa. Aunque, siendo honestos, el futbol termina revelando demasiado sobre la época que vivimos.
O-O-O
El futbol siempre fue una de las pocas cosas capaces de organizar emociones colectivas sin necesidad de ideologías. Un estadio podía unir más que un discurso político. Ahí convivían la épica, la lealtad, el sacrificio y esa vieja idea romántica de que nadie está por encima del equipo.
Hasta que llegaron las superestrellas… Y entonces el futbol empezó a parecerse demasiado a Hollywood.
Kylian Mbappé es, probablemente, el mejor ejemplo de esa transformación. El hombre que puede ganar partidos solo, romper defensas en segundos y marcar goles imposibles… pero que también deja la sensación de jugar únicamente para sí mismo. Como si el resto del equipo fueran actores extras contratados para acompañarlo. Ahí está la tragedia del francés: es tan bueno, que incluso su ego parece tener estadísticas de élite.
Con el Real Madrid suma una temporada brutal. Máximo goleador de La Liga, decisivo frente al arco y dueño de cifras que cualquier otro delantero firmaría sin pestañear. Los números lo protegen. Los goles lo blindan. Y, aun así, una parte importante del madridismo no termina de quererlo (ahora que el equipo quedó fuera, aún menos).
Porque el problema nunca fue futbolístico. El problema es emocional.
Esto es, la afición puede perdonar una mala temporada. Lo que no perdona es el desdén. Esa sensación de que el club importa menos que la marca personal del jugador. Que el escudo quedó subordinado al personaje. Y Mbappé transmite exactamente eso.
Mientras el Madrid atravesaba momentos complicados, él aparecía vacacionando lesionado. Mientras el equipo sufría, él parecía administrar cuidadosamente su energía pensando más en el Mundial que en el presente del club que le paga millones. Corre como atleta; se administra como corporativo.
No importa si es injusto o exagerado. En el futbol —como en la política y en la vida— las emociones rara vez son racionales. El hincha no exige perfección. Exige compromiso.
Por eso la campaña “Mbappé Out”, aunque claramente inflada artificialmente en redes sociales, revela algo mucho más profundo que una simple rabieta digital: el cansancio hacia las estrellas que se comportan como celebridades antes que como jugadores de equipo.
Y ahí aparece la pregunta incómoda. ¿Qué debe privilegiar un club como el Real Madrid? ¿El talento individual aunque fracture dinámicas internas y eso haga perder al equipo? ¿O la vieja cultura colectiva que convirtió en alguna época al Madrid en el club más grande del mundo?
Seamos honestos: Mbappé no parece entenderse del todo con nadie.
Ello no ocurrió con Lionel Messi en el Paris Saint-Germain. Tampoco con Neymar. Ni antes con Karim Benzema. Ahora los rumores hablan de aislamiento dentro del vestidor merengue. Otra vez. Como si el patrón persiguiera siempre al mismo protagonista. Y quizá por eso tanta gente se siente defraudada. Porque Mbappé representa algo que excede al futbol: la era del individuo incapaz de integrarse a cualquier colectivo que no gire alrededor de sí mismo.
Christopher Lasch escribió que las sociedades contemporáneas producen individuos obsesionados con su propia imagen pública, incapaces de acoplarse a proyectos colectivos. Mbappé parece, por momentos, el futbolista perfecto para esa época.
Paradójicamente, el francés encarna el gran dilema moderno del deporte espectáculo: ¿queremos equipos campeones o queremos vedettes globales? ¿Atletas o marcas? ¿Jugadores o celebridades administrando cuidadosamente su imagen?
El futbol, tarde o temprano, termina cobrando esa contradicción.
Ayer, tras la derrota del Madrid frente al FC Barcelona, la molestia volvió a estallar. Mbappé no jugó alegando que seguía resentido físicamente. Y aunque médicamente pueda ser comprensible, emocionalmente resultó devastador para una afición que siente que su estrella desaparece justamente cuando más se le necesita. Especialmente porque contra el Barça suele marcar diferencias.
Ahí es donde nace la polarización absoluta. Sus defensores dirán —y con razón— que sin Mbappé la temporada del Madrid habría sido todavía peor. Que sus goles sostuvieron partidos enteros. Que criticar al máximo anotador del campeonato raya en la ingratitud. Sus detractores responderán algo todavía más peligroso: que el futbol no se trata solamente de goles.
Y quizá tengan razón ambos…
El debate alrededor de Mbappé ya no es deportivo. Es casi filosófico. Habla de liderazgo, pertenencia, ego, lealtad y trabajo colectivo en una época obsesionada con las individualidades.
El Mundial está a la vuelta de la esquina. Y ahí veremos no solo a Mbappé, sino a muchas figuras que parecen debatirse entre competir o protagonizarse.
Veremos atletas. Veremos artistas. Veremos vedettes llorando cada contacto como si la cancha fuera un escenario. Y veremos también quién entiende todavía algo fundamental: que el futbol podrá mover millones, contratos y marcas globales… pero sigue siendo un juego donde nadie debería estar por encima del equipo.
Giro de la Perinola
El padre de Hansi Flick falleció un día antes del clásico entre el Barcelona y el Real Madrid. Flick estuvo en el estadio. Mbappé vio el partido desde casa.
Sí, las circunstancias son distintas. Sí, las lesiones existen. Sí, nadie está obligado a jugar lastimado. Pero en el futbol —como en la vida— las emociones casi nunca se juzgan desde la lógica.
Y quizá por eso el madridismo sigue dividido: porque Mbappé podrá ser el mejor goleador del mundo, pero todavía no logra que la gente lo sienta parte del equipo.



