“America has changed”.

Mark Carney

Los matrimonios por conveniencia también celebran aniversarios. Solo procuran no hablar de amor…

El T-MEC conserva —aún— sus cuatro letras, sus capítulos, sus comités y hasta su próxima revisión. Lo que ya no conserva es su naturaleza.

Seguramente lo han notado. Hace ya rato que dejó de ser un tratado entre tres países y se convirtió en dos negociaciones bilaterales en las que Estados Unidos dicta, Canadá se rebela y México aguarda, discretamente, a que le entreguen su rol.

Washington y Ottawa no lograron el acuerdo para evitar nuevos aranceles. Estados Unidos impuso gravámenes de 50% a unos 20 mil millones de dólares en productos canadienses; Canadá respondió con represalias “dólar por dólar”. Dos socios del mismo tratado cobrándose aranceles mientras aseguran que el libre comercio sigue vivo. El Tratado ha entrado en esa etapa de algunos matrimonios en la que ya solo falta avisarle al acta.

El conflicto no se limitó al acero, los automóviles, los lácteos o los camiones. Washington pretendió imponer a Canadá no solo las condiciones para comerciar con Estados Unidos, sino también con qué otros países podía hacerlo. Trump ya no quería negociar qué podía venderle Canadá: quería decidir a quién más tenía permitido venderle.

Y Canadá dijo hasta aquí.

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Conviene no convertir esa rebeldía en epopeya. Canadá también depende profundamente del mercado estadounidense y lleva años sufriendo problemas de productividad. Pero cuenta con mejores instituciones, abundancia energética y mineral, deuda pública neta manejable, mayor espacio fiscal y suficientes instrumentos para proteger a los sectores perjudicados. Puede pagar el precio de mandar al diablo a Trump. O, cuando menos, cree que obedecerle saldría más caro.

Pero México no es Canadá.

Casi 85% de nuestras exportaciones se dirige a Estados Unidos; el crecimiento es raquítico, las finanzas públicas están presionadas y el gobierno carece de margen para rescatar industrias enteras. Canadá puede diversificar sus mercados. México tendría que comenzar por localizarlos en el mapamundi que no aparece en la mañanera.

Por eso, si Trump hizo aquello con Canadá, imaginemos lo que podría intentar con nosotros: más aranceles, reglas de origen todavía más rígidas, restricciones a la inversión china, exigencias migratorias, energéticas y de seguridad y, aprovechando que la ventanilla está abierta, alguna petición relacionada con narcotráfico, aduanas o políticos mexicanos que ya no resulten presentables. La revisión comercial convertida en carta a Santa Claus del imperio.

Sin embargo, en este pleito podría esconderse una bendición para México. Disfrazada, desde luego, porque las bendiciones contemporáneas llegan con aranceles, amenazas y un mensaje escrito íntegramente en mayúsculas desde Truth Social.

La oportunidad se entiende mejor al recordar cómo nació el TLCAN.

Estados Unidos ya tenía un acuerdo de libre comercio con Canadá. México buscaba, ante todo, acceso estable al mercado estadounidense. Y Canadá se incorporó a la negociación trilateral, entre otras razones, para evitar que Washington construyera una relación privilegiada con México que debilitara la suya. Los tres necesitaban formar masa crítica: crear la zona de libre comercio más grande del mundo y competir con una Europa que profundizaba su mercado único.

Pero el romance trilateral siempre tuvo cierta utilería.

A México le interesaba comerciar con Estados Unidos; Canadá era el acompañante elegante de la fotografía. A Canadá le interesaba comerciar con Estados Unidos; México aparecía en el extremo opuesto de la mesa. Ambos querían al mismo socio y ninguno sentía particular fascinación por el otro. En ese sentido —solo en ese— el TLCAN nació forzado: no como un triángulo amoroso, sino como dos relaciones bilaterales obligadas a compartir logotipo.

Tal vez ahora estén reapareciendo los intereses originales.

Canadá intenta desprenderse de la tutela estadounidense y mirar hacia Europa y Asia. México no puede desprenderse de Estados Unidos, pero sí puede renegociar la forma de depender de él. Y Washington, después de pelearse con Ottawa, tendrá que decidir si también desea dinamitar las cadenas productivas con México o si prefiere conservar al menos a uno de sus dos vecinos como prueba de que su estrategia comercial produce algo distinto que enemigos.

México tiene tres caminos.

El primero es ponerse gallito, proclamar que la patria no se vende y esperar la ovación de los soberanistas de Morena. Duraría hasta que cerrara la primera fábrica. No contamos con la espalda fiscal canadiense ni con su autonomía económica. Desafiar frontalmente a Estados Unidos sería una forma muy patriótica de fabricar desempleados.

El segundo consiste en plegarnos por completo: aceptar cada exigencia, expulsar inversiones, modificar regulaciones, entregar sectores y convertir la soberanía en otro principio que la 4T defiende con enorme energía hasta que empieza a costar dinero. Seguiríamos dentro del T-MEC, sí, como quien conserva la escritura de una casa donde el vecino decide hasta el color de las cortinas.

Existe una tercera vía: ceder donde resulte inevitable y cobrar cada concesión donde más convenga.

El punto central es China. A Washington no solo le preocupa cuánto compra México al gigante asiático. Le inquieta que nuestro país se convierta en plataforma de inversión, ensamblaje y triangulación para que mercancías chinas entren a Estados Unidos disfrazadas de norteamericanas. Automóviles, autopartes, baterías, acero, componentes electrónicos: ahí se librará buena parte de la batalla.

México tendría que reducir gradualmente ciertas dependencias chinas, endurecer las reglas de origen e impedir el simple transbordo de productos. Pero no tendría que hacerlo gratuitamente. A cambio puede exigir certeza arancelaria, preservación del acceso preferencial, garantías para las cadenas productivas y libertad para profundizar su integración con la Unión Europea.

No se trata de pedir permiso a Washington para comerciar con Europa. Se trata de impedir que Washington nos castigue por hacerlo.

La mano de póker cambió, pero las barajas siguen siendo las mismas. De un lado, América del Norte buscando fortalecerse y crecer. Del otro, Europa intentando hacer exactamente lo mismo. La diferencia es que ahora hay un tercer jugador que en 1994 todavía no proyectaba la misma sombra: China.

Cuando nació el TLCAN, China representaba una fracción mucho menor de la economía y el comercio mundiales; aún no ingresaba a la Organización Mundial del Comercio ni había construido la formidable maquinaria manufacturera, tecnológica y financiera que hoy desafía simultáneamente a Estados Unidos y Europa. Asia ya no es el invitado distante. Está sentado a la mesa, reparte cartas y, en varios sectores, parece haberse quedado con la baraja.

Por eso Washington y Bruselas necesitan escala, cadenas seguras, mercados ampliados y socios confiables. Las dos zonas comerciales que hace tres décadas competían entre sí ahora compiten también contra China. Quieren crecer desesperadamente, aunque Estados Unidos haya elegido el curioso método de buscar aliados insultándolos.

Europa, además, ya no confía plenamente en Washington. Las amenazas de desentenderse de la OTAN, el abandono o condicionamiento de compromisos con Ucrania y la facilidad con que Trump convierte antiguos aliados en presuntos aprovechados destruyeron una confianza que tardó ocho décadas en construirse. Europa necesita mayor autonomía, pero también vínculos estables con América del Norte que no dependan del humor matutino del ocupante de la Casa Blanca.

Ahí puede aparecer México.

Nuestro país podría convertirse en la bisagra entre las dos grandes zonas económicas occidentales: plataforma de manufactura compatible con los estándares de ambas, destino de inversión europea con acceso ordenado a América del Norte y puente político entre una Europa desconfiada y unos Estados Unidos cada vez menos confiables. Menos automóvil chino terminado y más tecnología, capital y componentes europeos producidos en México. Menos triangulación y más integración industrial. Menos discursos sobre diversificación y más puertos, energía, infraestructura, certeza jurídica y acuerdos homologados.

México ya posee algo que Canadá quizá esté perdiendo y que Europa necesita: acceso privilegiado al mercado estadounidense. Y tiene algo que Estados Unidos requerirá si continúa coleccionando adversarios: una relación institucional con Europa y una red de tratados que puede ayudar a reconstruir puentes sin obligar a Trump a admitir que los dinamitó.

Naturalmente, para aprovecharlo se necesita mucho más que la paciencia de Claudia Sheinbaum y las sonrisas de Marcelo Ebrard. Hace falta una estrategia industrial, comercial y diplomática que conecte el T-MEC con Europa, seleccione sectores prioritarios y deje de tratar la política exterior como el departamento internacional de la mañanera.

El T-MEC no ha muerto jurídicamente. Solo está siendo vaciado de aquello que le daba sentido: la certeza de que las reglas acordadas limitarían la arbitrariedad del socio más poderoso. Ahora las reglas valen hasta que Trump saca otra tarifa en algún cajón del Despacho Oval.

La pelea con Canadá puede ser el anuncio de la catástrofe mexicana. También puede ser nuestra oportunidad histórica. Por primera vez, México podría dejar de ser únicamente el socio que necesita entrar a Estados Unidos para convertirse en el puente que Estados Unidos y Europa necesitan para encontrarse.

Canadá le puso un alto a Trump. México no puede hacerlo.

Pero quizá pueda cobrarle por indicarle el camino de regreso.

Giros de la Perinola

En Palacio deben estar apanicados. Por un lado, Rubén Rocha Moya regresó, dejó constancia de quién sigue mandando en Morena y volvió a irse. Entró para acreditar el fuero; salió antes de que alguien pudiera preguntarle quién se lo garantizó.

Por el otro, Canadá demuestra que el T-MEC puede romperse sin necesidad de cambiarle el nombre.

Una crisis exhibe que Claudia Sheinbaum no controla siquiera quién entra y sale del país. La otra amenaza aquello de lo que el país vive.

La buena noticia es que la pelea entre Washington y Ottawa podría abrirnos una oportunidad histórica.

La mala es que Ebrard y su equipo parecen ocupados en impedir que México pierda la siguiente mano, cuando deberían estar negociando para quedarse con la mesa.

Para eso no basta con tener soberanía. Hace falta estrategia. Y, antes todavía, darse cuenta.