“Eso no quiere decir que no nos veamos”.
Claudia Sheinbaum
“La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo”.
Constitución Política, artículo 39
Se verán, sí. Pero, según lo anunciado, apenas lo suficiente para que nadie pueda decir que no se vieron.
Este sábado, Maru Campos recibirá a Claudia Sheinbaum en el aeropuerto de Ciudad Juárez. Habrá saludo protocolario, pero no reunión de trabajo ni visita a la Torre Centinela. Los asuntos de seguridad, agua y ganadería serán remitidos a Gobernación. La República, al parecer, también tiene ventanilla.
La presidenta evitará así una fotografía incómoda con una adversaria institucional. El problema es que puede producir otra bastante peor: la de una mandataria que actúa como jefa de facción precisamente cuando debería comportarse como jefa de Estado.
Hay fotografías y fotografías. Una imagen trabajando con Campos habría mostrado a Sheinbaum como una presidenta capaz de coordinarse con una gobernadora opositora. Evitarla, en vísperas de que Morena defina su candidatura en Chihuahua, puede interpretarse como cálculo partidista.
Quizá alguien debió recomendarle que más vale ser vista trabajando con Maru Campos que quedar políticamente asociada con Andrea Chávez, aspirante a candidata.
Campos es una adversaria externa, visible y temporal. Andrea Chávez representa un problema interno: pertenece al movimiento, disputa la candidatura y durante más de un año desafió los tiempos y límites que Sheinbaum intentó imponer.
La pregunta, entonces, no es solamente quién amenaza más a Morena, sino quién erosiona más la autoridad de la presidenta.
Al negarse a una reunión formal con Campos, Sheinbaum deja libre la silla para Andrea Chávez, Adán Augusto López (como explicaré más adelante) y los problemas políticos que los acompañan. Algunos bastante más incómodos que una fotografía con una panista.
El episodio de los presuntos agentes estadounidenses en Chihuahua debe investigarse con seriedad. Pero investigar al gobierno estatal y coordinarse con él no son actos incompatibles. El Estado funciona precisamente porque puede hacer ambas cosas al mismo tiempo.
La soberanía define competencias; no autoriza a suspender el federalismo.
La propia Sheinbaum había reconocido que Campos no estaba imputada y que fue llamada como testigo. El episodio puede revelar irregularidades administrativas, fallas de coordinación o responsabilidades que deben esclarecerse. Lo que no demuestra, por sí mismo, es que la gobernadora pertenezca o proteja a una organización criminal.
Del otro lado aparece un dato bastante menos retórico. Adán Augusto López nombró en Tabasco como secretario de Seguridad a Hernán Bermúdez Requena, posteriormente detenido, vinculado a proceso y acusado de encabezar La Barredora.
Eso no acredita que Adán Augusto participara en los delitos atribuidos a su exfuncionario. Sí establece una responsabilidad política imposible de borrar mediante consignas sobre la soberanía. Curiosamente, para unas fotografías se exige una distancia kilométrica; para ciertos compañeros de movimiento parece bastar la sana distancia discursiva.
Andrea Chávez también arrastra interrogantes que no dependen de Maru Campos.
Sus caravanas de salud fueron proporcionadas por FMedical, empresa perteneciente al consorcio de Fernando Padilla Farfán. Las unidades llevaban el rostro, el nombre y el cargo de la senadora; parte del personal utilizaba uniformes bordados con su nombre.
Chávez describió primero la operación como un “donativo” de empresarios y después como producto de un “convenio de colaboración”, sin hacer público entonces el documento. Cambió la explicación; la opacidad conservó domicilio.
La autoridad electoral local no acreditó infracciones en el procedimiento que revisó. Conviene decirlo. Pero una resolución electoral no cancela las preguntas políticas sobre el origen, costo y contraprestaciones de una operación diseñada para producir beneficios públicos y rendimiento personal.
No hace falta inventar un delito para identificar el mecanismo: el político no paga el servicio, pero capitaliza su entrega; el empresario no aparece en la boleta, pero construye cercanía con quien aspira a gobernar.
Las consultas eran gratuitas para los pacientes. No necesariamente para la democracia: alguien pagaba médicos, vehículos, combustible y promoción mientras Andrea Chávez recibía el dividendo político.
Padilla Farfán tampoco era un filántropo recién llegado al interés cívico. Una revista vinculada con él colocó al menos 136 espectaculares para promover a Adán Augusto durante la contienda presidencial de Morena en 2023.
El riesgo institucional es evidente: empresarios relacionados con contratos públicos contribuyen a posicionar a una aspirante que, si llega al gobierno, podría intervenir en futuras decisiones presupuestales y contractuales. La filantropía suele ser generosa; rara vez es amnésica.
Frente a estos antecedentes, resulta difícil sostener que Maru Campos sea la amenaza principal para Sheinbaum. Campos puede incomodarla electoralmente. Andrea Chávez desafía su autoridad dentro de Morena. Adán Augusto carga con uno de los mayores escándalos de infiltración criminal en una estructura de seguridad gobernada por su grupo.
Campos, además, no se habría sentado en la mesa únicamente como panista. Es la representante constitucional de casi cuatro millones de mexicanos. El agua de las presas, el cierre ganadero, la seguridad fronteriza y la violencia no pueden esperar a que Morena resuelva su encuesta.
Sheinbaum no estaba obligada a respaldar a la gobernadora, absolverla ni visitar la Torre Centinela. Sí tenía la oportunidad política de institucionalizar el desacuerdo. Gobernar no consiste en reunirse con quienes piensan igual, sino en conseguir resultados con quienes no.
La investidura presidencial no disminuye por sentarse con una gobernadora opositora. Se vuelve más pequeña cuando parece temer que una fotografía republicana sea confundida con una concesión electoral.
Maru Campos cumple, eso sí, una función muy útil para Morena: permite presentar la contienda de Chihuahua como una batalla entre soberanía y entreguismo, entre pueblo y PAN. La caricatura evita hablar de la disputa verdadera: Andrea Chávez contra Cruz Pérez Cuéllar, el grupo de Adán Augusto contra el de Ariadna Montiel y, en el fondo, la autoridad de Sheinbaum frente a poderes internos que aprendieron a sobrevivir a cualquier presidenta.
Campos puede ser la adversaria. Andrea Chávez, Adán Augusto y sus respectivas herencias constituyen el problema.
Confundir a la adversaria con la amenaza es un error político. Elegir a la enemiga más cómoda no la convierte en la correcta.
En mayo, las facciones morenistas suspendieron sus pleitos para marchar juntas contra Campos en “defensa de la soberanía”. La palabra terminó convertida en pegamento electoral: no alcanzó para sostener una mesa de trabajo, pero para unir facciones secó de inmediato.






