“Todo gobierno necesita una escenografía”.
Régis Debray
“Toda fotografía es un certificado de presencia”.
Roland Barthes
Sí, de presencia; no de coherencia.
Hay fotografías que duran un segundo. Y hay fotografías que pretenden borrar siete años. La imagen de Claudia Sheinbaum en el palco de la final del Mundial, sonriente entre Donald Trump, Melania Trump, Mark Carney y Felipe VI, pertenece a la segunda categoría.
La fotografía transmite exactamente el mensaje que el gobierno necesita vender: normalidad. Que no pasa nada. Que la relación con Estados Unidos atraviesa un momento espléndido. Que España ya no importa tanto. Que al rey ya no se le exigen disculpas. Que el capitalismo dejó de ser tan perverso. Que Donald Trump ya no es el villano favorito del oficialismo.
Pero las fotografías también tienen una virtud incómoda: muestran lo que aparece dentro del encuadre… y esconden todo lo que quedó fuera de él.
Fuera de esa imagen permanecen las presiones de Washington para actuar contra políticos mexicanos señalados por presuntos vínculos con el narcotráfico. Fuera del encuadre está la incertidumbre que rodea la revisión del T-MEC. Fuera de la fotografía siguen las advertencias de inversionistas sobre el deterioro del Estado de derecho tras la reforma judicial. Fuera del palco permanece la violencia cotidiana que no conoce ceremonias de inauguración. Y fuera de la sonrisa protocolaria continúa una narrativa oficial que durante años convirtió a España en símbolo del pasado colonial, al capitalismo en enemigo moral y a Estados Unidos en el culpable recurrente de buena parte de nuestros males.
Nada de eso desapareció porque una cámara capturó una sonrisa. La diplomacia exige cortesía. La política exige coherencia. Son cosas distintas.
No hay nada reprochable en que una jefa de Estado converse cordialmente con Donald Trump o con Felipe VI. Al contrario: sería deseable que México mantuviera relaciones institucionales maduras con ambos. Lo problemático es otra cosa.
Durante años se alimentó un discurso de confrontación para consumo interno mientras, en los hechos, la realidad obligaba a hacer exactamente lo contrario. El oficialismo lleva años diciendo cómo deben comportarse España, EE. UU., el capitalismo… y luego la realidad obliga a hacer diplomacia con todos.
La fotografía del palco no revela una contradicción diplomática. Revela una contradicción narrativa.
La versión para consumo nacional sigue hablando de soberanía ofendida, agravios históricos y enemigos externos. La versión para consumo internacional sonríe, estrecha manos y posa con absoluta normalidad junto a quienes aquí son presentados como antagonistas.
Ambas imágenes no pueden ser ciertas al mismo tiempo. O la confrontación era exagerada. O la cordialidad también es una representación.
Quizá por eso la fotografía me resulta tan incómoda. No por lo que muestra. Sino por todo lo que deja al descubierto.


