“Morena convirtió las aulas en casillas”.

“La SEP ya se afilió a Morena”.

“Primero los niños… luego sus votos".

“Doce millones de afiliados y ahora van por sus hijos”.

Advertencias varias

Soberanía. La palabra de moda; el nuevo “detente” claudista. Se pronuncia en la mañanera, se repite en los discursos y, entonada con suficiente solemnidad, exime de explicar visas retiradas, familiares incómodos, aduanas podridas, huachicol fiscal y uno que otro integrante de Regeneración Nacional. Ahora resulta que cualquier cuestionamiento es injerencia, toda investigación extranjera constituye un agravio y toda sospecha de los mexicanos sobre alguien de Morena es un traición a la patria. Los críticos debemos pasar de puntillas.

La geografía moral del régimen es sencilla: de un lado están los buenos, los puros y los patriotas; del otro, los conservadores, los vendepatrias y los corruptos. A estos últimos se les reconoce fácilmente: suelen pedir rendición de cuentas

Mientras defiende la soberanía de discursos ajenos, el gobierno del “humanismo mexicano” logró lo que ni los neoliberales más aplicados intentaron: privatizar electoralmente la educación pública. No vendió escuelas a una empresa ni concesionó el servicio. Tampoco recibió dinero; al contrario, la operación le costó —y seguirá costándole— miles de millones al erario. Resultaron neoliberales, pero poco duchos para cobrar.

Cedieron, eso sí, funciones públicas de patrón, administrador, regulador y evaluador a una corporación sindical que transforma maestros, plazas, ascensos, escuelas, programas, padres de familia y alumnos en votos. El gobierno conserva el membrete, el sindicato ejerce las funciones —y cobra—, mientras Morena se queda con el electorado.

Eso no es cogobierno. Es sustitución del Estado. El artículo tercero constitucional establece que corresponde al Estado la rectoría de la educación: conducir el sistema, administrar recursos, definir reglas, evaluar resultados y separar los intereses sindicales de las obligaciones públicas. Pero un Estado que no controla su nómina ni decide con criterios públicos quién ingresa, asciende, cambia de adscripción o dirige una escuela ya no ejerce la rectoría. La conserva escrita en la Constitución, igual que conserva el derecho a la salud: muy bonita, pero bastante lejos de los ciudadanos y de la realidad.

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Todo lo anterior lo digo porque Delfina Gómez cedió esa rectoría en el Estado de México. No se trata únicamente de otra historia sobre “la gobernadora que entregó la educación al SNTE”, “del regreso de Elba Esther Gordillo” o de “la recuperación de privilegios sindicales”. No, esta situación es peor. Mucho peor.

Una investigación del diario Reforma documentó que la Sección 36 del SNTE controla, mediante los “Servicios Educativos Integrados al Estado de México”, la nómina y buena parte de la administración de más de 100 mil maestros del Valle de México, además de tener influencia sobre un presupuesto anual de 46 mil millones de pesos. El sindicato representa al trabajador y, simultáneamente, controla o influye sobre la autoridad que lo contrata, le paga, lo asciende y eventualmente lo sanciona. Negocia consigo mismo, se supervisa a sí mismo —seguramente con enorme severidad…— y puede premiar al leal, marginar al independiente y cerrar el paso al disidente. ¿Reconocer al mejor maestro? No nos distraigamos con extravagancias pedagógicas. Aquí interesa encontrar al más rentable.

El viejo corporativismo priista compraba paz sindical, disciplina gremial y movilización. El sindicato permanecía frente al Estado: negociaba, presionaba y extraía recursos. Había dos partes; corruptas, cómplices y frecuentemente indistinguibles, pero dos al fin. Morena creó un modelo más nefasto: metió al sindicato dentro del Estado, le entregó autoridad administrativa, presupuesto, información, plazas y capacidad territorial. Ya no compra únicamente su obediencia; le concede una porción del Estado. De lo que es suyo, estimado lector, y mío.

Elba Esther era un poder frente al Estado. La Sección 36 comienza a ser sindicato, patrón, autoridad educativa y Morena al mismo tiempo. La “maistra” negociaba desde fuera; sus sucesores gobiernan desde dentro.

La corrupción también se transformó. Ya no consiste solamente en robar dinero, desviar una partida o cobrar una comisión. Ahora se altera la finalidad completa de la institución. El presupuesto sigue registrado como educativo, la nómina continúa pagando maestros y el edificio conserva el letrero de escuela; solo que todo sirve para algo distinto. La institución no desaparece: se pudre por dentro. La prueba lleva un nombre propio de operativo policiaco: “Programa Estratégico de Operación Corredor Azul”. Esto es, identificar a docentes, padres y beneficiarios simpatizantes de Morena o del movimiento magisterial; utilizar directores, supervisores y jefes de sector; concentrar acciones gubernamentales en secciones electorales de mayor “rentabilidad”; y “capitalizar” padrones de promovidos y beneficiarios en 16 municipios del Valle de México.

“Rentabilidad”. “Capitalizar”. “Padrones”. A los enemigos del neoliberalismo les salió un vocabulario bastante financiero cuando llegó la hora de contar votos. No se habla de comprensión lectora, matemáticas, rezago, abandono escolar o formación docente. Esas son frivolidades de los tecnócratas. Los humanistas mexicanos hablan de comunidades rentables, simpatizantes identificables y beneficiarios capitalizables. El Estado de México convirtió cada escuela en una unidad territorial de inteligencia electoral.

Ahí está la novedad. Ya no se utiliza únicamente al maestro como votante, activista o carne de plantón. Toda la arquitectura del sistema —nómina, jerarquías, planteles, obras, programas, padrones y familias— funciona como estructura paralela del partido oficialista. Morena no necesita instalar un comité en cada colonia: la educación pública le proporciona un director por plantel, supervisores por zona, jefes de sector, decenas de miles de docentes, millones de padres y un catálogo completísimo de premios y castigos: plazas, bases, promociones, cambios de adscripción, salarios y protección. Andy López Beltrán puede ahorrarse varias asambleas; Andrea Chávez, algunas caravanas. La maquinaria electoral ya estaba construida. Solo había que cambiarle el propósito.

Eso es la privatización electoral del Estado: no crear una estructura partidista con recursos públicos, sino apropiarse de una estructura pública preexistente (las escuelas y centros escolares en este caso) y ponerla al servicio de Morena. La escuela sigue llamándose escuela, el SNTE conserva su nombre, los operadores cobran como servidores públicos y los 46 mil millones aparecen como presupuesto educativo. Todo está en su lugar, menos la educación. La estructura es para asegurar votos.

Frente a semejante mecanismo, Marx Arriaga y sus libros de texto de la Nueva Escuela Mexicana comienzan a parecer juego de niños. Nos escandalizamos —con razón— ante la captura ideológica de los contenidos, el desprecio por el conocimiento y la conversión del salón de clases en trinchera. Pero Arriaga pretendió colonizar los libros; el SNTE y Morena colonizaron la maquinaria que controla al maestro. Un libro puede corregirse, sustituirse o terminar en la bodega donde el régimen almacena sus ocurrencias. Una estructura incrustada en la nómina, las plazas y los ascensos puede sobrevivir décadas. Arriaga quería decidir qué debía enseñar el maestro; este sistema decide quién puede ser maestro, quién asciende, quién dirige una escuela y cuánto cuesta políticamente cada cosa.

La 4T consiguió las dos capturas: la pedagógica controla el contenido; la administrativa y electoral controla a quien lo imparte. Una decide lo que el maestro enseña; la otra gobierna su ingreso, salario, carrera y futuro. Juntas controlan la transmisión del conocimiento entre generaciones. Frente a ese monstruo, Marx Arriaga resulta apenas el encargado de colorear los libros.

Tampoco estamos ante la compra rudimentaria de un voto mediante una despensa. No señor. Eso sería demasiado austero. Se trata de clientelismo institucionalizado, financiado permanentemente por el erario y protegido por la autoridad: el presupuesto alimenta al organismo colonizado; este distribuye plazas, bases, ascensos y protección; los beneficios producen dependencias y lealtades; el sindicato las convierte en operación electoral; Morena gana, conserva los cargos y vuelve a controlar el presupuesto que financiará la siguiente ronda. Un círculo perfecto nocivo. El régimen entrega una capacidad del Estado, el sindicato devuelve votos, Morena conserva el gobierno y el gobierno renueva la concesión. Negocio redondo. Para ellos, desde luego.

La cifra más grave no son los 46 mil millones. Cuando el ascenso depende del grupo correcto, el mérito se vuelve insubordinación; cuando el director debe operar elecciones, dirigir la escuela pasa a segundo plano; cuando el supervisor busca beneficiarios “capitalizables”, deja de supervisar aprendizajes; cuando una obra se asigna conforme a su rentabilidad electoral, la necesidad educativa deja de determinar el gasto; cuando el sindicato controla al patrón, el maestro independiente queda indefenso. Y cuando un derecho se administra como recompensa, el ciudadano termina convertido en cliente.

La dedicatoria para Delfina Gómez es directa. Bajo su gobierno, la estructura sindical obtuvo el control del organismo que administra recursos, plazas y decisiones sobre más de 100 mil maestros. Magdaleno Reyes Ángeles, proveniente de la Sección 36, fue designado director del SEIEM en septiembre de 2023; de las 106 plazas de la estructura burocrática reportadas por el organismo, al menos 68 están ocupadas por maestros sindicalizados. No fue infiltración, no forzaron la entrada, no burlaron la vigilancia. Les entregaron las llaves.

Y una dedicatoria para Clara Brugada: premiar a grupos capaces de suspender clases, paralizar calles, alterar calendarios o movilizar estructuras magisteriales no compra paz; solo les comunica el precio exacto que el gobierno está dispuesto a pagar la próxima vez. Al ciudadano que cumple se le agradece; al grupo que amenaza se le negocia; al que puede desquiciar la ciudad se le recompensa. Esos son los valores de la Nueva Escuela Morenista.

Así funciona la superioridad moral del régimen. Los buenos pueden utilizar padrones, transformar escuelas en centros electorales y apropiarse de 46 mil millones de pesos en capacidad administrativa: eso sigue llamándose transformación. Los malos cometen injerencia cuando preguntan qué hicieron los buenos con el Estado. Sheinbaum puede pronunciar “soberanía” veinte veces durante una mañanera y Delfina repetir “rectoría del Estado” otras veinte. Ninguna palabra devuelve las facultades cedidas ni elimina el hedor de una institución utilizada para premiar aliados, disciplinar disidentes y fabricar votos. La educación pública no desapareció; cambió de dueño. El gobierno conservó el membrete, el SNTE recibió la maquinaria y Morena se quedó con los votos. Y para privatizar electoralmente al Estado ni siquiera hizo falta una licitación: bastó declararse del lado de los buenos.

Giros de la Perinola

(1) De lengua me como un taco. Claudia Sheinbaum volvió a denunciar el abandono de la salud durante el neoliberalismo. La 4T habría querido hacer ahí lo mismo que en la educación: apropiarse de una estructura territorial, convertirla en intermediaria política, repartir beneficios y cobrar votos. Pero no encontró un equivalente exacto del SNTE y, al no poder privatizar políticamente la operación sanitaria de la misma forma, la hizo añicos: desmanteló el Seguro Popular, improvisó el INSABI, volvió a improvisar con IMSS-Bienestar, desordenó las compras y dejó a millones buscando consultas, análisis, medicinas y especialistas.

En educación, privatizaron electoralmente al Estado; en salud provocaron la privatización de a de veras. Las familias pagan a médicos, laboratorios, farmacias y hospitales privados lo que el gobierno prometió garantizar gratuitamente. Nunca había estado tan abandonada la salud ni tan privatizada por culpa del gobierno. Ya ni llorar es bueno. Para eso también habría que conseguir cita.

(2) Mentiras no dice la señora. Durante su gira por Tamaulipas, una mujer golpeó la camioneta presidencial y gritó: “¡Da la cara, Claudia Sheinbaum Pardo!”. Antes, colectivos de familiares de desaparecidos le habían reclamado rezagos en búsquedas, panteones forenses y procesamiento de muestras de ADN. Es de reconocer a esa señora: representa el cansancio, la desesperación y la impotencia de muchos mexicanos. También es justo reconocer la paciencia y entereza de la presidenta, quien mantuvo la ventanilla abierta y permitió que la mujer se acercara. Mentiras no dijo una. La otra, al menos esta vez, sí escuchó.