“Si un mexicano odia lo español, se odia a sí mismo”.

Miguel León-Portilla

“Somos los que somos porque Hernán Cortés, para bien y para mal, hizo lo que hizo”.

Carlos Fuentes

“Hasta que Cortés no sea restituido al sitio más alto de nuestra historia, la patria no encontrará el camino de su redención”.

José Vasconcelos

El Mundial de futbol ya produjo su primer gesto diplomático relevante. El rey Felipe VI vendrá a México para asistir al partido entre su selección y Uruguay. Los que entienden de futbol dicen que será el encuentro más atractivo del grupo H. Los que entienden de diplomacia saben que también representa una oportunidad para enfriar una relación bilateral que la 4T convirtió en terapia de resentimiento histórico. O tensarla todavía más. Ya ven lo que dicen: el obradorismo destruye todo lo que toca.

Desde que Andrés Manuel López Obrador decidió enviar aquella carta exigiendo disculpas por la Conquista, Palacio Nacional parece vivir atrapado en una máquina del tiempo. México tiene inflación, violencia, déficit fiscal, fuga de inversiones, sistemas de salud colapsados y estados de la República enteros tomados por el crimen organizado, pero el régimen continúa gobernando como si el verdadero pendiente nacional fuera localizar a Hernán Cortés para obligarlo a comparecer en la mañanera.

Hace apenas unas semanas, Felipe VI volvió a utilizar un tono de reconocimiento histórico respecto a los excesos y agravios ocurridos durante la conquista. Claudia Sheinbaum calificó aquello como un “gesto de acercamiento”, aunque enseguida aclaró que todavía “debe avanzarse en el reconocimiento histórico”. Traducido del morenés al español: el perdón nunca será suficiente, porque el objetivo del obradorismo jamás ha sido la reconciliación; el objetivo es administrar políticamente el supuesto agravio.

Y aquí empieza el espectáculo verdaderamente absurdo. Porque España ya ha expresado múltiples veces su pesar histórico. Lo hizo desde distintos gobiernos, en distintos tonos y en distintas épocas. El rey Juan Carlos I reconoció en distintas ocasiones los excesos cometidos durante la colonización. La Iglesia católica, durante décadas, ha realizado actos de reconocimiento histórico y petición de perdón relacionados con abusos ocurridos durante la evangelización y la conquista. Incluso las recientes declaraciones de Felipe VI entran claramente en esa lógica diplomática. Pero para la corte de los agravios eternos nada alcanza jamás. Siempre hará falta una ceremonia más, un acto más, otra humillación simbólica transmitida en cadena nacional para que Morena la capitalice electoralmente.

Además de la ignorancia histórica que el oficialismo explota con enorme facilidad, el problema de esta narrativa es que descansa sobre una simplificación francamente infantil. En 1521 no existía México como Estado nación y tampoco existía España en el sentido moderno que hoy conocemos. Había una monarquía compuesta, reinos distintos y una compleja red de alianzas indígenas en lo que hoy es nuestro territorio nacional. La caída de Tenochtitlán no fue “España contra México”; fue una coalición de pueblos originarios —hartos del dominio mexica— aliándose con los españoles para derrotar a un imperio que también conquistaba, sometía y masacraba. Eso, curiosamente, jamás aparece en la versión oficial de Morena Studios.

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Porque la 4T convirtió la historia en una caricatura moral: españoles malvados frente a indígenas puros, homogéneos y eternamente víctimas. Tlaxcaltecas, totonacas y demás pueblos mesoamericanos quedan reducidos a extras incómodos que arruinan la narrativa victimista. Resulta mucho más rentable políticamente fingir que México nació impoluto y unido hasta que llegaron los villanos europeos.

Lo fascinante es que el obradorismo exige disculpas por una conquista ocurrida hace más de quinientos años mientras guarda un silencio bastante práctico frente a los abusos contemporáneos del propio Estado mexicano contra comunidades indígenas. Ahí sí desaparece el fervor histórico. Para eso no hay cartas diplomáticas, ceremonias de perdón ni indignación épica. Mucho más sencillo pelear contra fantasmas del siglo XVI que enfrentar las miserias del presente.

Y luego aparece el otro disparate: creer que las disculpas históricas tienen algún punto final. Si seguimos esa lógica delirante, Italia tendría que pedir perdón por el Imperio romano; Mongolia por Gengis Kan; Turquía por el Imperio otomano; Inglaterra por medio planeta; Francia por Napoleón Bonaparte y probablemente México terminaría disculpándose con Texas, Guatemala y media República por los abusos cometidos desde el siglo XIX. El planeta entero quedaría convertido en una gigantesca oficina de atención a resentimientos hereditarios.

España, por cierto, jamás ha exigido disculpas a romanos, árabes, cartagineses, franceses o ingleses por invasiones pasadas. Lo entienden perfectamente: la historia sirve para comprender el presente, no para convertir la diplomacia en una representación permanente del Virreinato.

Además, convendría recordar un pequeño detalle que el “nacionalismo” demagógico de la mañanera suele olvidar: España es consistentemente uno de los principales inversionistas extranjeros en México. Miles de millones de dólares en banca, energía, turismo, infraestructura y telecomunicaciones. Canadá ya entendió que la visita del rey puede aprovecharse económicamente y organiza reuniones empresariales de alto nivel con autoridades españolas. Aquí, en cambio, siempre existe el riesgo de que algún iluminado de la 4T decida utilizar el encuentro para montar otra sesión espiritista sobre Moctezuma y Cortés.

Y sí, son perfectamente capaces.

Porque el obradorismo nunca entendió que la diplomacia también es una forma de inteligencia política. El Manual de Carreño les parece probablemente un panfleto neoliberal. Confunden grosería con soberanía, desplante con dignidad, resentimiento con patriotismo y mala educación con doctrina de Estado. La descortesía elevada a sistema político.

Nada describiría mejor al régimen que recibir al rey de España con honores republicanos… y acto seguido volver a pasarle la factura emocional de 1521.

Ojalá no ocurra. Ojalá alguien en Palacio Nacional comprenda que los países serios utilizan la historia para construir futuro, atraer inversiones y fortalecer alianzas. Los populismos baratos, en cambio, la usan como herramienta emocional para cohesionar clientelas políticas alrededor del agravio perpetuo.

La 4T sigue viviendo, toda ella, en el siglo XVI. En ese estadio no tiene que resolver hospitales sin medicinas, carreteras tomadas por el crimen, crecimiento mediocre, ni finanzas públicas presionadas. Ahí basta con desgañitarse contra Cortés.

Tal vez Gonzalo Celorio tenía razón: negar la hispanidad de México equivale a “suicidarse a medias”. Viendo el deterioro nacional, quizá hace tiempo dejamos de hablar en sentido metafórico.

Giros de la Perinola

(1) El “Tratado Definitivo de Paz y Amistad” de 1836 —conocido como Tratado Santa María-Calatrava— reconoció oficialmente la independencia mexicana y estableció mecanismos de reconciliación diplomática y “olvido de lo pasado” entre ambas naciones.

(2) España sigue siendo uno de los principales inversionistas extranjeros en México, particularmente en banca, energía, turismo, infraestructura y telecomunicaciones. Resulta llamativo que Canadá sí haya entendido el potencial económico de la visita del rey y organice encuentros empresariales de alto nivel con autoridades españolas, mientras aquí seguimos atrapados en debates simbólicos del siglo XVI.

(3) La Iglesia católica también ha realizado múltiples actos de reconocimiento histórico y petición de perdón relacionados con abusos cometidos durante la evangelización y la conquista, particularmente bajo los pontificados de Juan Pablo II y Francisco.