El expresidente Andrés Manuel López Obrador no merece pasar por este momento de gran tristeza debido a una decisión del gobierno de Estados Unidos relacionada con su hijo Andrés Manuel López Beltrán.
Le han quitado la visa al hoy aspirante a diputado en un distrito de Tabasco. El propio López Beltrán lo dio a conocer en una carta que tiene el mérito de ser sincera, valiente y difundida a tiempo. El segundo hijo de AMLO no escondió un hecho bastante complicado para él y para todo México; se anticipó así, correctamente, a filtraciones que podrían haber empeorado las cosas.
Es una carta a la que algo le sobró —así la leí y así lo escribo en la medianoche del viernes 14 de agosto—: la alusión a actitudes hitlerianas de los funcionarios que López Beltrán asegura que le quitaron la visa, Marco Rubio y Christopher Landau. Se cumplió demasiado rápidamente lo establecido por la Ley de Godwin —“a medida que una discusión se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación que involucre a Hitler o a los nazis se aproxima a uno (100%)”—. Y un corolario de esta ley establece que, cuando alguien recurre a la reductio ad Hitlerum, significa que ha agotado sus argumentos lógicos.
Y no es, no debería ser, el caso de Andrés Manuel López Beltrán, quien tiene talento para enfrentar con racionalidad, serenidad y objetividad lo que viene: un tsunami de cuestionamientos sobre su persona. Así que mucho, ¡muchísimo! tendrá que fundamentar con razones absolutamente coherentes para demostrar la injusticia de la retirada de la visa.
Más allá de la referencia a los nazis, que no venía al caso, debo decir que no me desagradaron las preguntas, enérgicas pero educadas, que López Beltrán le hizo al presidente Donald Trump. Es correcto pedir explicaciones, inclusive en tono de indignación, si se tiene la certeza de que se es víctima de una arbitrariedad.
Desde luego, desconozco si existen motivos para una medida de ese tipo, tan dura como quitarle la visa a un hombre con la relevancia de López Beltrán, hijo de un político histórico en México. Pero admito que, sobre todo por la biografía de honestidad a prueba de balas de su padre, no puedo evitar pensar que se trata de un atropello, por más derecho que tenga el gobierno de EEUU —que lo tiene— de dejar entrar o no a quien quiera a su territorio —derecho que ejerce cualquier país soberano, México incluido—.
Admiro, respeto y aprecio a Andrés Manuel López Obrador, y estos sentimientos no los cambiará nada de lo que puedan hacer en EEUU o en México grupos de derecha que detestan a la 4T.
Me entristece profundamente lo que está ocurriendo. Andrés Manuel es un padre amoroso, me consta, lo conozco. Hace tiempo que no platico con él, pero en 2006, cuando López Beltrán era muy joven, los vi juntos muchas veces. Pude presenciar la relación entre ellos, el cariño que su padre siente por él y por sus hermanos, José Ramón y Gonzalo, y el menor, Jesús, este último hijo de su segunda esposa.
Me duele, me lastima más el dolor que como padre pueda sentir el expresidente López Obrador que el propio problema político para México. Vaya complejidad para la también muy querida, admirada y respetada presidenta Claudia Sheinbaum, quien sabrá encontrar la manera de responder a todo esto. Ella es muy inteligente y posee una determinación inquebrantable para hacer frente a situaciones de gran gravedad.
Lo cierto es que, ahora mismo, esta noche —en los primeros minutos del viernes 14 de agosto—, me lastima más el sufrimiento de un padre que la fiesta de los grupos conservadores en México por lo que está ocurriendo. Ya celebra la gente que está en contra de Morena y de la 4T. Miserables y hasta traidores, están muy contentos porque consideran que viene una agresión más fuerte de EEUU en contra del gobierno de izquierda mexicano.
No estoy seguro de que así vaya a suceder ni creo que pudiera resultar tan sencillo para EEUU emprender acciones intervencionistas. Pero hay fiesta entre la gente que odia a la 4T, casi toda ubicada en los sectores económicamente más pudientes de México.
Me estoy imaginando mañana las columnas políticas, si es que les da tiempo a los columnistas de los diarios impresos de escribir sobre esto; pero, si no es este viernes, el lunes festejarán por escrito —pocos publican el fin de semana—. La radio, esa sí, enloquecerá de alegría. Y las redes sociales.
La fiesta de los que no han podido con la izquierda en las urnas... y que no podrán porque, parafraseando a AMLO, el pueblo es sabio y entenderá.
Fiesta insana de los grupos que detestan a dos gobiernos: el de López Obrador y el de Sheinbaum. Dos administraciones que, en esencia, han basado sus políticas públicas en el apoyo a millones de personas pobres, abandonadas por los regímenes anteriores del PRI y el PAN; gobiernos progresistas que han enfrentado brutales agresiones desde el instante en que López Obrador empezó a trabajar en Palacio Nacional. Ataques financiados por demasiadas personas con poder, sobre todo con poder económico, pero también político, que se han sentido afectadas en sus intereses por las medidas de la 4T.
La situación es compleja para México. Por fortuna, la presidenta Sheinbaum sabrá —claro que sabrá— enfrentar el reto con la sabiduría con que ha actuado siempre. Eso me tranquiliza.
Lo que me lastima más que el problema político —que tendrá solución, por supuesto que sí—, lo que más me duele, es el dolor de un padre como Andrés Manuel López Obrador, quien entregó su vida desde hace décadas al proyecto que consideró el mejor para México y que sintetizó en su primera campaña presidencial en una frase hermosa y potente: Por el bien de todos, primero los pobres.
Toda mi solidaridad, Andrés Manuel. Un fuerte abrazo en esta etapa tan difícil para tu familia.


