“Amar es romper el espejo”.

Mijares, Soldado del amor

“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

Karl Marx

Visto este 2026, el primer problema de Morena para 2030 será conseguir que sus derrotados se queden. Que acepten el resultado. Que acompañen al elegido y no descubran, precisamente esa tarde, que el movimiento perdió sus principios… Ganar la presidencia requiere votos; conservar unido al oficialismo exige que quienes se quedaron sin ella encuentren razones para seguir ahí.

Me parece que estamos mirando demasiado la primera competencia y demasiado poco la segunda.

Omar García Harfuch lleva ventaja en distintas mediciones tempranas y posee dos cualidades escasas: puede despertar entusiasmo fuera de la militancia sin pedir permiso a sus guardianes ideológicos y le es leal a la primera mandataria. El tema seguridad le da una conversación con el país entero, aunque también lo expone a resultados que ninguna popularidad puede sustituir indefinidamente.

Tiene, además, disciplina acreditada: en 2023 aceptó la candidatura de Clara Brugada después de encabezar la encuesta capitalina y aplicarse el criterio de paridad. Hay razones para pensar que atendería la decisión de Claudia incluso si ésta le cerrara una puerta a la candidatura por la presidencia. El problema sería lo opuesto: conseguir que todos los demás le abrieran las suyas…

Porque Brugada tiene lo que a García Harfuch le discuten: pertenencia a la izquierda y organización territorial, además de la plataforma que ofrece gobernar la capital. Le falta demostrar hasta dónde puede extender esa confianza fuera de su espacio político. Citlalli Hernández conoce el movimiento por dentro, negocia entre sus grupos y puede hablarle a una generación que quiere reconocerse en el relevo; todavía tendría que convertir esa identificación en una oferta de gobierno para quienes nunca han militado en Morena. Ambas reúnen credenciales para reclamar un lugar. Ninguna credencial obliga a las otras corrientes a entregar el suyo.

Las columnas más leídas de hoy

Marcelo Ebrard tiene experiencia ejecutiva, relaciones internacionales y oficio negociador; también una larga trayectoria que complica presentar otra aspiración como novedad... Acaba de pedir que lo retiren de la lista de presidenciables. Conviene escucharlo, aunque falten cuatro años para saber cuánto durará esa determinación. Su caso deja una pregunta que sobrevivirá a cualquier retiro: ¿qué ofrecerá Morena a quienes se consideren suficientemente capaces para gobernar y suficientemente fuertes para no resignarse?

López Obrador pudo administrar esa pregunta en la sucesión de 2024. Hubo inconformidades, pero también una autoridad reconocida para contenerlas. El PRI convirtió durante largos periodos esa obediencia al presidente en una forma de funcionamiento; por supuesto, con rupturas que conviene recordar antes de idealizar su disciplina. Morena tiene pendiente una prueba distinta: que la presidenta en funciones pueda cerrar la sucesión sin necesitar la última palabra del fundador. Si el hombre de Palenque tiene que volver para poner orden, el retiro habrá servido para cambiar de domicilio al árbitro. Solo para eso.

Ahí está la dificultad de Claudia. Un candidato muy popular puede asegurarle ventaja hacia afuera y encarecerle los acuerdos hacia adentro. El gobierno dispone de exposición, estructuras y capacidad de convocatoria para impulsar un nombre; incluso esas ventajas tienen límites y no aseguran una victoria. Pero hay algo que una campaña difícilmente fabrica a última hora: que los grupos acepten al elegido sin interpretar su llegada como el principio de su propia expulsión.

Por eso yo pondría otro nombre sobre la mesa: Lázaro Cárdenas Batel. Está dentro, en la Oficina de la Presidencia, cerca de los asuntos estratégicos y lejos de la competencia cotidiana por los reflectores. Fue gobernador, diputado, senador y coordinador de asesores de López Obrador. Su relación con Sheinbaum viene de décadas atrás. No habría que descubrirlo ni explicarle dónde está Palacio. Habría que decidir si seguirá siendo útil detrás de la presidenta o si puede empezar a serlo frente al país.

Sí, Claudia Sheinbaum tiene cerca a un hombre con el que podría empezar a resolver dos sucesiones: la de la presidencia y la del dueño de Morena. No tengo una filtración que ofrecer ni un encargo que cumplir. Tengo una hipótesis: para construir una autoridad propia sobre el movimiento, Claudia podría encontrar utilidad en un apellido cuya historia no comienza con López Obrador. A un proyecto tan empeñado en administrar el pasado quizá haya que disputarle, primero, los antepasados.

Su principal ventaja, a mi juicio, es que ninguno de los grandes grupos de Morena tendría una razón política suficiente para vetarlo. La izquierda histórica reconocería una pertenencia; el obradorismo tendría enfrente a un colaborador del fundador; el círculo de Claudia, a un hombre de su confianza. Su candidatura no obligaría a unos a rendirse ante los otros. Para aceptarlo podrían bastar acuerdos sobre el futuro, sin exigir a nadie que renegara de su pasado. Esa ausencia de negativos internos es un capital distinto del entusiasmo electoral, pero decisivo cuando se trata de que todos acepten la misma candidatura.

Y hay una ironía —que a mí y a otros como yo nos parece— deliciosa que el movimiento tendría que aprender a tolerar: el apellido Cárdenas recuerda que la izquierda mexicana existía bastante ANTES de López Obrador. Claudia podría apoyarse en esa historia para adquirir autoridad propia sin anunciar una ruptura. Claro, ser hijo de Cuauhtémoc y nieto del general no transmite méritos por la sangre, mas sí proporciona una referencia que el obradorismo puede reconocer sin haberla creado. La continuidad podría empezar a justificarse desde una tradición más amplia que la fidelidad a un solo hombre.

La conversación sobre el 2030 suele detenerse en la intemperie opositora. Hay razones: abundan los nombres que representan un agravio, un territorio o una audiencia; escasea quien pueda reunirlos. Conviene precisar que casi todos los mencionados sí son políticos. Lo que falta es una conducción nacional reconocida. Los partidos parecen esperar que alguien llegue con suficientes votos para ahorrarles el trabajo de recuperarlos.

Ahora bien, hoy el apellido abre una conversación y no llena una plaza. No veo acreditados en Cárdenas Batel el arrastre nacional propio, el deseo de competir ni la capacidad de entusiasmar que exige una elección presidencial. Para quien busque un candidato terminado, son carencias importantes. Para una presidenta que todavía dispone de tiempo para construirlo, definen el trabajo pendiente. La aceptación interna serviría de punto de partida; los ciudadanos tendrían que conocer qué propone y comprobar de qué es capaz.

Y Gobernación podría darle precisamente esa oportunidad. Negociar con gobernadores y legisladores, atender conflictos y conseguir acuerdos lo obligaría a salir de la discreción sin convertirlo de inmediato en un aspirante de tiempo completo. Claudia conservaría las prioridades, las decisiones estratégicas y el arbitraje final; él asumiría una parte mayor de la operación política cotidiana. También de los golpes, los cuales ya no recaerían todos en Sheinbaum y sus mañaneras. Es decir, esa distribución podría darle a ella más margen para conducir el gobierno y a él una responsabilidad cuyos resultados fueran visibles. El fogueo tendría una utilidad pública antes de tener una utilidad electoral. Espero esté siendo clara.

Los rumores sobre un eventual relevo de Rosa Icela Rodríguez deben conservar su condición de rumores. Si hubiera un cambio, podría expresar la necesidad de reorganizar la operación política para la etapa que viene. Su trayectoria junto a López Obrador acredita experiencia y pertenencia; a Claudia le corresponde decidir qué interlocución requiere ahora para ejecutar sus propias prioridades. Una presidenta también empieza a definir su gobierno cuando decide con quién quiere resolver sus problemas. No necesita acompañar cada ajuste con un acta de ruptura.

Eso sí: Cárdenas Batel tendría que llegar con poder para acordar. Si cada gobernador negociara con él para después buscar una respuesta distinta de Claudia, Gobernación sería una sala de espera. La confianza presidencial se demostraría respaldando lo convenido y dejándolo responder por sus decisiones. Cada conflicto resuelto permitiría comprobar si esa aceptación entre los grupos puede convertirse en autoridad. Cada fracaso mostraría si confundimos la discreción con el talento. Para foguearlo habría que aceptar también la posibilidad de que no diera el ancho… Así es esto de la política, incluso para el Movimiento.

Su pasado tampoco puede quedarse a salvo del examen. Como gobernador de Michoacán solicitó la intervención federal que desembocó, en 2006, en el Operativo Conjunto Michoacán bajo Felipe Calderón. Una izquierda que ha hecho de aquella estrategia una acusación permanente tendría que discutir las decisiones de su eventual candidato. Y él, explicar su gestión y sus resultados. Tener pocos vetos entre dirigentes no equivale a carecer de asuntos por responder ante el país. El apellido puede darle entrada; no debería darle inmunidad.

Mientras tanto, la oposición haría mal en consolarse con las dificultades internas del oficialismo. Ricardo Salinas Pliego tiene recursos, exposición y disposición a confrontar, con margen para alterar la conversación; su desafío sería convencer de que ofrece algo más amplio que su disputa con el poder. Grecia Quiroz puede representar a una comunidad agraviada por la violencia y conectar con un reclamo que desborda a Uruapan; necesitaría convertir esa identificación en una propuesta nacional capaz de sostenerse por sí misma. La indignación reúne gente. Gobernar exige acordar qué hacer con ella al día siguiente. Esto último yo francamente lo veo muy cuesta arriba.

Alessandra Rojo de la Vega aporta energía, causas reconocibles y experiencia territorial; le toca demostrar que su convocatoria puede crecer más allá de la confrontación capitalina. Mauricio Kuri ofrece experiencia ejecutiva y un perfil que podría facilitar acuerdos con sectores moderados y empresariales; necesita hacer de su gestión una razón para que lo sigan fuera de Querétaro. Ella tendría que ampliar el alcance de su combate; él, lograr que una reputación administrativa despertara voluntad de acompañarlo. Ninguno puede saltarse ese trabajo mediante una suma de siglas.

Alejandro Alito Moreno conoce la negociación y los mecanismos de supervivencia partidista; su dificultad consiste en que conservar el control del PRI no demuestra capacidad para devolverle confianza pública. Luis Donaldo Colosio Riojas dispone de reconocimiento inmediato y del valor simbólico de su nombre, pero todavía debe volver inequívocos su proyecto y su voluntad de disputarlo. También ahí pesa la herencia. La oposición tiene tiempo para construir una candidatura formidable; sigue pendiente que sus dirigentes acepten construir algo cuyo propietario final pueda ser otro. Sí, eso de la unidad no se les da fácilmente tampoco…

Una candidatura de Cárdenas Batel les exigiría a los opositores, además, salir de una comodidad: discutir con una figura cuya identidad de izquierda no dependiera enteramente de repetir a López Obrador. Tendrían que explicar qué ofrecen en seguridad, instituciones, política social y economía frente a alguien que podría invocar otra historia. Para Morena, su eventual utilidad estaría en reunir a sus grupos; para sus adversarios, la dificultad sería derrotarlo sin seguir haciendo campaña contra un expresidente. El relevo también puede envejecer a quienes se le oponen.

La decisión más difícil seguiría siendo de Claudia. Para construir un sucesor tendría que permitirle adquirir interlocutores, reconocimiento y margen de decisión: ayudar a formar una autoridad que un día dejaría de pertenecerle. Ahí se pondría a prueba la confianza que hoy permite tenerlo cerca. Claudia, si de verdad quiere conducir su sucesión, necesita empezar por tolerar que alguien crezca bajo su gobierno. Cárdenas Batel podría ser aceptado por quienes no quieren perder Morena. A ella le tocaría decidir si está dispuesta a que gane algo más que una oficina.

Giros de la Perinola

(1) Quedaría una prueba para todos sus posibles competidores: si aceptan los acuerdos que Cárdenas Batel pudiera construir desde Gobernación, ¿aceptarían después que aspirara a la presidencia? Cuando su nombre empiece a reunir votos, sabremos cuánto de la concordia era reconocimiento y cuánto, tranquilidad porque todavía no competía.

(2) La primera señal de una sucesión propia de Sheinbaum será que alguien pueda perder una candidatura sin viajar a Palenque a apelar la sentencia. Hasta entonces, el retiro de López Obrador seguirá teniendo una atribución extraordinaria: revisar las decisiones de la presidenta.

(3) Quedaría una ironía pendiente: que Lázaro Cárdenas Batel llegara a la presidencia y reivindicara, una generación después, al padre agraviado por el fraude de 1988. Una deuda que el obradorismo convirtió en memoria de lucha, mientras López Obrador incorporaba a su gobierno a Manuel Bartlett, quien presidía la Comisión Federal Electoral cuando ocurrió la célebre «caída del sistema». Lo puso al frente de la otra CFE, la de Electricidad: cambió la comisión, conservó al funcionario. Una eventual candidatura de Lázaro obligaría al movimiento a reconciliar esas dos decisiones: reivindicar al cardenismo y haber rehabilitado políticamente a uno de los personajes centrales de su agravio. Hablando de traiciones, antes de exigirle lealtad al hijo, convendría explicar qué hicieron con la memoria del padre.