Hay líneas éticas y humanas que ningún debate público, por polarizado que esté, puede cruzar. La reciente publicación del analista Ezra Shabot en la revista Nexos no solo rebasó esas fronteras: las pulverizó al pretender justificar la violencia sistemática y la deshumanización del pueblo palestino en la Franja de Gaza. Cuando la pluma periodística se utiliza para equiparar la barbarie, normalizar la masacre o sugerir implícitamente que los niños gazatíes son “futuros yihadistas”, cuya erradicación es un mal necesario, la libertad de expresión deja de ser un derecho para convertirse en el vehículo de un aterrador discurso de odio.
Comparar o banalizar la tragedia de Gaza —donde miles de infantes han sido asesinados y mutilados a la vista de una comunidad internacional paralizada— evoca pasajes oscuros de la historia moderna, como el exterminio perpetrado por la Alemania de la Segunda Guerra Mundial. En ambos escenarios, la premisa ideológica de la deshumanización ha sido la misma: despojar a las víctimas de su condición de inocentes antes de apretar el gatillo o soltar la bomba. Calificar a la niñez palestina como una amenaza futura es una táctica retórica cobarde e infame que busca despojar a los bebés y niños de su derecho fundamental a la vida.
La crítica contra este tipo de posicionamientos no puede limitarse a la indignación pasajera en redes sociales; debe ser una cancelación absoluta, rotunda y categórica. Ya que esto no se trata de una simple “diferencia ideológica” o de una comparación de posturas políticas respetables dentro del espectro democrático liberal; estamos ante la búsqueda de legitimación por escrito del infanticidio y la limpieza étnica del pueblo palestino. Permitir que editoriales y medios de comunicación prestigiosos sirvan de plataforma para racionalizar el asesinato masivo de menores invalida la ética periodística más elemental.
Es urgente exigir consecuencias claras y sanciones; no solo morales y gremiales, sino legales desde el gobierno. Las revistas, espacios informativos y consejos editoriales que albergan estos textos tienen la responsabilidad ineludible de rendir cuentas ante la sociedad.
El odio no se debate; se combate y se sanciona. Normalizar que en las páginas de una publicación de divulgación cultural o política se justifique el exterminio de niños por su origen o por lo que “podrían llegar a ser”, sienta un precedente nefasto que nos degrada a todos como sociedad.
No podemos permitir que el horror quede escrito con la complicidad del silencio. Dejar impune este tipo de discursos es abrirle la puerta a la barbarie. La vida y la dignidad de las infancias, sin importar su nacionalidad ni religión, deben ser un límite inquebrantable.
X: @lalodelmazo



