México lo tiene todo para ser rico. Frontera con el mercado de consumo más grande del mundo. Dos océanos. Recursos naturales. Una población joven y talentosa. Somos hoy el socio comercial número uno de Estados Unidos, con exportaciones récord, y la séptima potencia manufacturera del planeta.
Y sin embargo, la prosperidad nunca llegó a quien hace el trabajo. Durante décadas, el principal producto de exportación de México no fueron los autos ni los alimentos. Fue nuestra propia gente: más de 12 millones de mexicanos viven fuera. Un país no exporta a sus hijos por accidente.
Lo digo con todas sus letras: el salario barato nunca fue un accidente. Fue el diseño. La inversión llegó por el salario bajo, y el sistema se construyó para garantizar que el salario se quedara bajo. Los sindicatos de protección fueron el candado de la puerta. La corrupción fue el velador. Al trabajador no le pagaban poco por error: su pobreza era el producto que se vendía.
Hoy ese diseño está en el centro de una acusación internacional. La Casa Blanca afirma que hay mercancía extranjera que se lava a través de México: llega casi terminada, se le cambia la etiqueta, y cruza al norte como “Hecho en México”.
No estoy aquí para confirmar esa acusación ni para negarla. Estoy aquí para decir algo más útil: quien lava mercancía a través de México le roba primero al trabajador mexicano. Cada fábrica de fachada desplaza a una fábrica real, con empleos reales, y envenena la marca “Hecho en México” de la que dependen nuestros exportadores honestos. Si por culpa de los lavadores vienen castigos parejos, el México honesto pagará por los pecadores.
Por eso los trabajadores tenemos más interés que nadie en cerrar cualquier puerta trasera. Y tenemos el instrumento que ninguna aduana tiene, una fábrica con trabajadores reales, salarios reales y un sindicato auténtico que puede caminar la planta no puede ser una fachada. La verificación laboral es un certificado de origen que ningún papel puede falsificar. Una nómina real es lo más difícil de fingir en este mundo.
En Churubusco aprendimos que al mexicano nunca le ha faltado valor; le ha faltado parque. El parque del siglo XXI son los salarios dignos, los sindicatos auténticos y la unidad. Con ese parque, México deja de ser la puerta trasera de nadie y se convierte en lo que debe ser: la puerta delantera de Norteamérica.
Tenemos tratados comerciales que nos conectan con unos 50 países. Que se produzca aquí, en sociedad con nuestros vecinos, y se venda al mundo por nuestra puerta: Hecho en Norteamérica, vendido al mundo.
Seamos honestos también sobre nuestros límites. China produce trece veces más manufactura que México. No vamos a ser la próxima China, y quien lo prometa está vendiendo humo. Pero ese nunca fue el juego. El juego es ser lo que China jamás podrá ser: el vecino confiable, integrado y verificable de la economía más grande del mundo. A eso sí podemos aspirar, y ya empezamos: hoy le vendemos a Estados Unidos más que China.
El diseño que mantuvo pobre a México se está rompiendo. Falta terminar el trabajo: que la revisión del T-MEC traiga consecuencias automáticas para quien viole derechos, cobertura para todos los sectores, un piso salarial regional y verificación con los trabajadores adentro. No existe el comercio justo con salarios de miseria. Y no hay “America First” con un “Mexico Last”.
El mejor arancel es un buen salario.
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